Amalia García Rubí
Viernes, 25 de octubre de 2013
Madrid. Hasta el 14 de diciembre de 2013

Binkmann, pinturas recientes en la Galería Joan Gaspar

[Img #15612]Es curioso que un artista tan dado al nomadismo como ha sido siempre Enrique Brinkmann, permanezca a pesar de todo, ligado a su país de origen, y por ende a su ciudad de nacimiento, Málaga. Hace no muchos meses volvía a exponer obra gráfica en su ciudad, concretamente en el histórico taller de grabado Gravura, estrechando viejos vínculos, y ahora lo hace en Madrid, presentando sus trabajos de pintura más recientes en la galería Joan Gaspar. De ascendencia hispano-germánica, ha vivido en París, Roma y diversas ciudades alemanas, además de haber realizado múltiples viajes por todo el mundo, se diría que a Brinkmann no le interesa el sedentarismo porque necesita esa libertad de movimiento que le brinda su carácter errabundo para seguir viviendo, para seguir pintando.

A pesar de sus lejanos comienzos en el arte no exentos de dificultad, en los que el artista libra a menudo intensas batallas por preservar su identidad autodidacta frente a amaneramientos y modismos del entorno (Brinkmann nunca fue un artista diseñado para estar de cara a la galería) hace décadas disfruta de un merecido reconocimiento no sólo por ser uno de los grandes pintores de nuestro panorama artístico actual, sino como figura relevante en los circuitos de la plástica contemporánea internacional, cuya obra puede verse en las mejores colecciones, llegando incluso a uno de los templos del arte, el MOMA.

La historia de Brinkmann en la pintura es la historia de un artista que ha ido poco a poco quemando etapas consolidándose a cada paso. El resultado es una obra prolífera, de líneas sumamente singulares y diversas, pero en ningún caso contraria al propio credo estético que siempre ha defendido y transmitido sin artificio, con absoluta naturalidad. A Brinkmann se le identifica de inmediato, cuando paseamos la mirada por exposiciones, museos y ferias de arte contemporáneo. Sin embargo, la luz de sus pinturas y grabados mantienen toda la intensidad, el misterio y la enigmática chispa de la primera gran creación. Así lo atestiguan una vez más estas magníficas obras realizadas sobre malla metálica convertida ahora en muro desconchado, “ensuciado” de ricos matices cromáticos sobre los que detenerse lentamente.

Sin duda, el peso informalista de estas obras obedece a un deseo de ahondar, acaso con mayor intensidad  que otras veces, en el carácter matérico del pigmento y su interacción dentro del espacio-superficie. Huelga decir que mirando los últimos trabajos de Brinkmann, no podemos dejar de relacionar al autor con el sello lírico de una abstracción histórica europea que tuvo importante eco en nuestro país y que pasa por entender el soporte como parte integrante del discurso del artista.

El lenguaje autónomo de la pintura se nos revela en toda su dimensión expresionista, y ahonda en el sentido mismo del gesto, la mancha, la textura, el raspado, la huella trazada en el pigmento todavía húmedo sobre el que provocar una acción espontánea reflejo a su vez del impulso casi primordial frente al acto de pintar. Un proceso, en definitiva, del que poder dejar constancia de manera directa e intuitiva al mismo tiempo en los ritmos, pausas y registros gráficos salidos de su memoria a golpe de emociones controladas y de “accidentes” inesperados. A través de esta veintena de piezas entre las que destacan formatos grandes como Boceto Chino o Espacio Señalizado, de 2013 y otros más pequeños reservados a los dibujos de formas y caligrafías mínimas, Brinkmann vuelve a regalarnos el disfrute visual de una pintura cuyos logros permanecen hoy más vigentes que nunca.

(Galería Joan Gaspar, c/ General Castaños 9, de Madrid. Hasta el 14 de diciembre de 2013)

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