Amalia García Rubí
Actualizada el Sábado, 8 de febrero de 2014 21:14
Martes, 14 de enero de 2014
Madrid. Hasta el 8 de febrero de 2014

Alberto Corazón y Carlos Franco en la Galería Marlborough

[Img #16395]En una exposición de pinturas de Alberto Corazón (Madrid 1942) con prólogo de Valeriano Bozal, celebrada hace ya seis años en esta misma galería, mencionaba quien escribe desde las páginas del entonces Punto de las Artes: “a través de la pintura siempre placentera a los sentidos, majestuosamente serena y sin embargo latente de agitación interna, de Alberto Corazón, alcanzamos a distinguir lo etéreo de lo tangible, lo fundamental de lo anecdótico, lo certero de lo engañoso, gracias a la capacidad de abstraer la apariencia de las cosas visibles para convertirlas en color y  formas primordiales, elevando su concreción inicial desde el mundo real hasta el inagotable universo del pensamiento artístico. Como dirá el propio artista, “mis bodegones son puro signo y en su particular estrategia compositiva encuentro un territorio de libertad estética interminable”.

Ha transcurrido un tiempo considerable desde aquel hoy lejano 2008 pero no estaríamos muy desatinados si reiteráramos ese valor al mismo tiempo abstracto y concreto (la eterna dialéctica hegeliana de contrarios que se encuentran) perenne en la pintura de Alberto Corazón reunida en esta nueva exposición que la Marlborough le dedica. Nadie duda hoy de que este corredor de fondo con muchas décadas de indagación y éxitos a sus espaldas, convierte en arte todo lo que toca y no sólo si nos referimos, claro está, a los colores de la pintura, también en su faceta más conceptual la  personalidad de Alberto Corazónes es creativa por naturaleza hasta el punto de confundirse en ella lo cotidiano de lo específicamente artístico. Así nos lo recordaría en ese mismo año 2008 la magnífica retrospectiva organizada por el IVAM de cuyo amplio y complejo contenido escrito e ideográfico yo sólo eché de menos algo de la obra, digamos más decorativa en el mejor de los sentidos,  del pintor.

De diseñador gráfico e industrial a pintor casi fauvista en muchas exposiciones vistas y vividas, de portador de pasiones olvidadas a dibujante excelente de pequeñas cosas e ilustrador de otros mundos infinitos, Alberto Corazón sigue paseando con orgullo su épico nombre se diría madurado al sol  por las salas más importantes, pero no deja de conservar la frescura de la pintura-pintura, la magia interna del arte que hoy apuesta por el universo más intimista del autor. Compuesta por alrededor de una veintena de acrílicos sobre lienzo en diversos formatos agrupados bajo el sugerente título “¿Es la memoria un cazador furtivo?”, en su última gran aparición en Madrid, este gran pionero de nuestra posmodernidad, demuestra ser el mismo de antes, aquel a quien gusta retomar los temas clásicos de la pintura, bodegón, paisaje, interiores, reducidos a lo esencial de su espíritu entrañable.

[Img #16396]En la sala pequeña de esta misma galería, otro gran nombre de nuestra posvanguardia  Carlos Franco, y asiduo también para Marlborough, propone una revisión de sus últimos trabajos en su serie Cuajo. Se trata de papeles y cartones recientes realizados por el artista en varias técnicas mixtas, grafito, óleo, acrílico, poliéster, colage, también sobre lienzo. Las figuras y composiciones abigarradas, el gusto por las temáticas de corte simbólico-mitológico, y la libertad de su dibujo automático de línea continua combinada con la intensidad de sus trazos cromáticos, convierten las imágenes de Carlos Franco en un mundo inconfundible de paisajes y personajes imaginarios. Nacido en Madrid en 1951, junto a Pérez Villalta y Carlos Alcolea entre otros formó el grupo de la Nueva Figuración Madrileña en los años 70 y desde entonces su nombre se ha hecho imprescindible para explicar determinadas corrientes de nuestra pintura. Al igual que Alberto Corazón, ha realizado numerosos proyectos públicos, el más relevante tanto por la envergadura como por la complejidad del mismo, fue el asignado por el Ayuntamiento para pintar los nuevos frescos  de la fachada de la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid en los años 90. Una magnífica obra dedicada a Cibeles, Prosperina, Baco, Cupido y otros dioses reinventados por él que vinieron a sustituir las deterioradas pinturas de 1914.

(Galería Marlborough, c/ Orfila 5, de Madrid. Hasta el 8 de febrero de 2014)

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