José Pérez-Guerra
Lunes, 3 de marzo de 2014
A propósito de Ceuta y Melilla

El problema de la emigración descontrolada es un problema global

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[Img #16933]Hace unos días, la responsable de Interior de la Comunidad Europea, la sueca Celia Malmström, declaró que durante los sucesos acaecidos en Ceuta, cuando una avalancha de emigrantes subsaharianos buscaban la manera de introducirse en la ciudad, y para disuadirles la Guardia Civil disparó pelotas de goma, que aunque ‘no se les apuntó directamente’, ello creó tal pánico ‘que 15 personas se ahogaron’. Opinión muy desafortunada porque se hace sin conocer la invasión que sufren Ceuta y Melilla, al igual que Lampedusa y otros puntos, que no son solo fronteras de España e Italia, sino de una Comunidad Europea que aún carece de política común para afrontar esta tragedia.

El fenómeno de la emigración no es de ahora. El hombre, desde que tuvo facultades mentales y se echó a andar, caminó hacia los sitios más convenientes. Y eso hizo que el mundo se fuera poblando. Esa libertad se reconoce en la carta de los Derechos Humanos, de las Naciones Unidas. Lo que sucede es que los derechos siempre tienen sus limitaciones; las puertas de las iglesias o de las mezquitas están abiertas a los fieles, hasta que la masificación aconseja cerrar las puertas. Igual que sucede en cualquier lugar público.

La emigración es una realidad social y también política, y son los organismos internacionales los que deben afrontar la situación para que lo que aparece como un duro Pasivo se convierta en un atrayente Activo en este tercer milenio que acaba de iniciarse. Activo, porque es una ‘ruina’ (moral y económica) mantener a la mitad de la población mundial en la pobreza, cuando la Demanda es la palanca que mueve el progreso; y no se puede hablar de una sociedad de bienestar mientras lo que se ha dado en llamar ‘tercer mundo’ no se ponga al mismo nivel del resto, porque solo tenemos un planeta y cada vez más interrelacionado.

No es fácil lograr que los países subdesarrollados tengan futuro con las estructuras políticas que les chupan la sangre. A Europa le interesaría que África, por su proximidad, fuese un mercado atrayente, pero para ello serían necesarios profundos cambios. Hubo un tiempo en que surgieron los Protectorados, pero las naciones ‘protectoras’ tenían mentalidad colonialista, y a las colonias, las Naciones Unidad le pusieron punto final; lo que sucede es que del poder extranjero pasaron al poder de los ‘comandantes’, de las castas, de los clanes, y la población perdió con el cambio.

Pero tras aquella experiencia, las Naciones Unidad debería considerar establecer algo así como tutorías. Tutelar una nación que no logra llegar a ‘su mayoría’ de edad, o bien directamente o encomendando la gestión a otra nación democrática y desarrollada económicamente, para que cree la infraestructura adecuada de cara a un futuro, respetando siempre la cultura, pero buscando el bien común que debe asentarse en el adecuado desarrollo social y económico. Tutoría de la que se deberá responder ante la comunidad internacional hasta cumplir el objetivo encomendado.

La emigración, realidad universal, debe contemplarse de una manera global en el seno de las Naciones Unidas, donde abundan comisiones con muy poco sentido. Pero la Comisión de Interior de la Comunidad Europea, de la que es responsables la señora Malmströn, también debe afrontar esta cuestión con mucho más que declaraciones imprudentes, porque no conoce –como debiera- el acoso que sufren desde hace años fronteras del sur europeo, como Melilla, Ceuta o Lampedusa, por citar lugares muy de actualidad. Mueren muchos emigrantes, hay mafias implicadas en el negocio de la desesperación, y demasiada oportunismo político, para seguir tapándose los ojos a la evidencia.

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