Amalia García Rubí
Lunes, 15 de septiembre de 2014
Madrid. Hasta el 18 de octubre

Alfonso Albacete y Joaquín Barón estrenan temporada en Marlborough

[Img #18991]A estas alturas nadie duda de que mencionar el nombre de Alfonso Albacete es aludir a la  singular personalidad de un pintor-pintor, y de manera muy relevante, a uno de los momentos cruciales en el resurgir del arte de la pintura en España, cuando junto a otros artista de la Nueva Figuración, Manolo Quejido, Juan Antonio Aguirre, Campano y Navarro Baldeweg, abre el debate sobre su inquebrantable peso en el seno del arte contemporáneo occidental y la hace resucitar dentro de un panorama artístico general no del todo propicio a las brochas. En los 70, tras una de las últimas crisis que ha tenido que soportar la pintura y su reivindicación como manifestación artística asociada al tiempo presente, Alfonso Albacete se replanteó la necesidad de volver a las fuentes de la historia del arte reciente, eso sí, desde un discurso contemporáneo que abogaba por la necesidad de actualizar los escenarios vivificantes y hedonista de la vanguardia histórica (cubismo, fauvismo sobre todo) y expresaba la inquietud por continuar dando soluciones ricas y diversas a los problemas internos del cuadro como principal receptor del hecho creativo.

 

Mucho ha llovido desde aquella época cuando la pintura de Albacete defendía la idea de borrar fronteras artificiales entre abstractos-figurativos, conceptuales-formalistas, idealistas-realistas, etc. La gran cantidad de obras pintadas a lo largo de su vida, y la enorme fecundidad plástica de las últimas décadas de su carrera, lejos de ser un acicate para el relajo, viene soportando una intensa actividad pictórica que al artista vuelca en planteamientos visuales de creciente complejidad, en un inevitable “más difícil todavía”. En la obra de Albacete, el reto ante el arte de la modernidad se traduce en ricos análisis estructurales de formas y color como una constante que irá revelando al artista modelos estéticos de los que apropiarse. Las influencias de Matisse o Cezanne conviven con los coletazos del pop anglo-americano más próximo (Jonhs, Pollock, Hockney, Kitaj,…) para ser mezclado y condimentado con ingredientes nuevos en una nutritiva cocina de recetas propias y ajenas. No obstante, la pintura de Alfonso Albacete siempre ha estado predispuesta al quiebro, a la huída del estilo, que no significa la renuncia a uno mismo pues en ella permanece incólume el carácter autobiográfico, la identidad de un lenguaje más que reconocible donde caben asimismo algunas dosis de riesgo y de inevitables líneas borrosas. Las pinceladas y los empastes se arremolinan, fragmentan y reconstruyen para hacer y deshacer sin límite una realidad-ficción permutada ad infinitum. Pero en este sempiterno juego de reflejos y proyecciones visuales, de espejos y lienzos que no es sino un cuestionar  la función última del arte tensando la cuerda hasta el límite, la confusión inicial se vuelve de pronto clarividencia y la imagen cobra sentido sin apenas esfuerzo. Esta exposición trata de acercarnos a ese espacio como lugar de desenvolvimiento del artista donde las coordenadas cerradas-abiertas se traducen en pintura al aire libre, en pintura hecha en el taller, y en pintura reproducida, comentada y comunicada… Los sitios comunes de trabajo pero también de disfrute, finalmente transformados en ámbitos de reflexión y conexión con el otro.

 

Joaquín Barón

[Img #18992]Y en la sala pequeña de la galería Marlborough, tiene lugar la primera exposición individual del artista manchego Joaquín Barón, Ciudad Real 1970. Un pintor multidisciplinar, cuya obra pictórica a caballo entre el arte underground y los nuevos lenguajes multimedia, ha sido reunida en la exposición Humanos. La muestra está compuesta por una treintena de lienzos pintados en acrílico de intenso colorido y formas planas contorneadas por la línea continua en esquemáticos dibujos y composiciones abigarradas que imitan la estética del grafiti. El universo representativo de Barón gira en torno al mundo de la imagen soñada o fantaseada que habita escenarios inventados de gran impacto visual. La influencia de las artes escénicas en la producción plástica de este pintor es una constante y determina de manera muy evidente toda su obra. Dedicado al mundo de la producción de espectáculos teatrales, el contacto con la magia que envuelve escenografías, figurines, vestuarios y actores, condicionan de una manera directa el particular universo plástico de Joaquín Barón. Sin embargo, ese gusto por el disfraz va más allá de lo lúdico e intrascendente. La aparente ingenuidad de estas pinturas y sus personajes antropomorfos y zoomorfos siembran cierto desasosiego, un arma de doble filo a través de la cual lo festivo puede tornarse en sentimientos adversos tan reales y humanos como la propia existencia. La soledad, el miedo, la hostilidad de las ciudades,… son cuestiones subyacentes a la imagen primera. El lienzo se transforma en una superficie  horror vacui donde las figuras y superficies cromáticas  intrincadas hacen del espacio pintado un  lugar inhabitable, sobrecargado y asfixiante.

 

La exposición de Joaquín Barón se completa con una serie de dibujos realizados a tinta marcados por una caligrafía concisa  de formas entrelazadas con sutiles alusiones a la naturaleza a base de gamas intermedias. Sin desdeñar el carácter decorativo de la obra en su conjunto, en general, lo ornamental está en perfecta sintonía con los mensajes y el contenido conceptual de la misma. Guiños a la vida, al tiempo y a la convivencia entre iguales, son características de una pintura con indudable peso narrativo.

 

(Galería Marlborough, c/ Orfila 5 de Madrid. Hasta el 18 de octubre)

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