Amalia García Rubí
Domingo, 7 de febrero de 2016
Madrid. Del 4 de febrero al 22 de mayo

Antón Lamazares, Alfabeto Delfín en el CBA

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[Img #23581]Encontrarse con la obra de Lamazares, después de varios años, es motivo de celebración por distintas razones. La primera y más contundente, porque nunca una exposición suya ha menoscabado la importancia suprema de la pintura por mucho que se impriman significados de otra índole a su inmenso peso atemporal. Es una obra hecha por y para el ser humano de todas las épocas. Las demás razones, seguramente innumerables, harían referencia, además de al poder sensorial del arte, que en su caso no sólo se mantiene incólume sino que acrecienta con los años la grandeza lírica a través del color, a otros motivos de carácter didáctico, poético, antropológico y, cómo no, motivos indagatorios derivados de nuestra innata curiosidad en el conocer . De Antón Lamazares se ha escrito tanto y con tanta hondura como su obra es capaz de transmitir porque la sabiduría, él mismo lo repite al final de cada letanía, sólo se alcanza poniendo en el rezo del vivir cotidiano, toda la carne del corazón.

 

Estos cuadros hechos a partir de material pobre (su sempiterno cartón) a lo largo de los cuatro últimos años, componen un repertorio cautivador de monocromos dulces o dolientes. Porque Lamazares continúa transformando la sencillez del soporte en excelsos manuscritos grecorromanos, en planchas de oro bizantinas, en atardeceres purpúreos, en campos labrados, en lápidas frías de blancos cartujanos, en baños de sangre y vino, en tibios marrones franciscanos, en azules insondables de una noche oscura… Lamazares sabe latín y griego, conoce la obra de los místicos, husmea en los refectorios de monasterios cistercienses para rescatar a San Bernardo y ponerlo en valor ante nuestros ojos atónitos, fascinados. Entrevera sus aforismos con las doctrinas del santo, que a su vez hace hermanar con los versos de Rosalía y el cante jondo. En este “Alfabeto Delfín” creado por él mismo, se escurre el homenaje a su padre, Delfín Lamazares, que aún vive en Lalín. A partir de los 27 caracteres inventados,  escribe con punzadas sobre la superficie blanda del cartón, y con la inocencia del escolar, pica, pica, pica… Nacen así dedicatorias de bellísimo sonido: Tú, cancioncilla coloradita como un tizón que se pone a llorar, corazón…., elegías de una tristeza inmensa: Tú, último minuto de la despedida, corazón…, versos rescatados: Pajaritos en un colchón, tú, corazón… Lamazares viene y va a su tierra, Galicia, y se lleva consigo algunos trozos mezclados, para pintarlos en Berlín o en Madrid. Esta exposición del Círculo de Bellas Artes es por partida doble, un  reencuentro con quienes seguimos ansiando ver su obra en plenitud: nos conmueve por su emoción contenida y al mismo tiempo entendemos el resultado plástico de años bregando con los pigmentos y barnices, el sacrificio placentero de esa entrega agridulce a tales mixturas. Pero además, valoramos el aporte de los textos que les dedican JC Mestre, Martín Garzo y Calvo Serraller en el catálogo. Son 33 piezas, simbólico número, las que componen esta exposición de Antón Lamazares en la sala Goya del CBA. Treinta y tres miradas a uno de nuestros pintores más respetados y esperados siempre.   

 

 

Sala Goya, Círculo de Bellas Artes de Madrid, c/ Alcalá 42. Del 4 de febrero al 22 de mayo de 2016

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