Amalia García Rubí
Lunes, 12 de septiembre de 2016
Madrid. Hasta el 29 de septiembre

Carla Querejeta, “Caminos del Mundo” en la Galería Kreisler

[Img #25243]Decir que el arte sólo es arte si nos conduce por la senda de la calma y la voluptuosidad, fruto de una percepción unitaria y serena, sería negar de un plumazo la naturaleza artística de estas veinte obras que ahora se presentan en la muestra Caminos del Mundo de Carla Querejeta. Un recopilatorio de lugares vividos intensamente por la artista, desde las selvas de Sri Lanka hasta los colores de las ciudades marroquíes en las que ha ido habitando.

 

Podrían calificarse como pinturas deconstruidas, según el término que Derrida inventó para explicar el proceso de construcción del lenguaje a partir de los fragmentos semióticos que lo forman. En este caso, la obra pictórica no hay que leerla según la visión de conjunto, sino afrontando los segmentos para recomponer después una multiplicidad de conclusiones conceptuales que ratifican su rico contenido polisémico. Algo que, por otro lado, dificulta nuestra placentera experiencia visual, acomodada tradicionalmente en la mirada unívoca.

 

Querejeta rompe las convenciones y nos abre los ojos de golpe, sin contemplaciones, con la brusquedad de una caja de Pandora que deja escapar las pasiones y se rebela ante un mundo alrededor adormecido, al cual es necesario despertar de su letargo aunque para ello sea inevitable la agitación virulenta. Estas sendas íntimas se nos ofrecen rotas, desgarradas y desaliñadas en sus emulsiones vibrantes de colores disonantes o armónicos, compitiendo por hacerse un hueco sobre la superficie discontinua del soporte.

 

Descaradamente antirretóricas y disfuncionales, en estas pinturas nada es lo que debería de ser y todo se contamina sin “escrúpulos pictoricistas”. Su efervescencia parece cimentada en la estructura de lo destruido y recompuesto. Cada una es un ámbito fecundo de cromatismos  que nacen y crecen en gestos y áreas de color, donde la escritura lineal da forma a elementos reconocibles dentro de su informalismo salvaje. Un equilibrio primitivo esconde la tensión intensa de realidades brutales, evocadas y emocionadas, pero siempre transidas por una  necesaria contención de sentimientos encontrados.

 

La atracción de esta pintura conviene entenderla como un choque, una bofetada visual, aplacada luego por la observación pausada de ciertas leyes del caos que poco a poco salen a la luz y nos acostumbran a su lógica. Nada hay de ilusionismo en el lenguaje vibrante y enmarañado de los vergeles tropicales que pinta Querejeta, cielos y tierras sin límites ni posiciones precisas. Ni tampoco en las posibles ciudades rebosantes de ruido y movimiento. Paisajes de una realidad no descrita pero sí manifiesta en el material orgánico astillado e incompleto que, salvado de su naufragio total, a duras penas puede socorrer a la pintura.

 

En su abstracción casi podemos escuchar los chasquidos hirientes de la madera, los rasgados de la tela, sofocados al fin por la eclosión vital, multicolor y saturante del color. A la espera de que vuelva a reinar el silencio, tal vez se trate sólo de una falsa quietud pacificadora, como ese “silencio inquieto” que María Zambrano atribuía a las junglas impenetrables plagadas de espíritus oscuros pintadas por Lam.

 

(Galería Kreisler, c/ Hermosilla 8, de Madrid. Hasta el 29 de septiembre)

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