Amalia García Rubí
Viernes, 11 de noviembre de 2016
Durante el mes de noviembre

Evaristo Guerra, paisajes para soñar en la sala del Ateneo de Madrid

[Img #25734]Cuando la pintura se concibe como arcadia donde fantasear y soñar utopías, surgen paisajes como los pintados por Evaristo Guerra, Málaga 1942. La generosa recopilación de obras recientes que se puede visitar este otoño en la sala de exposiciones temporales de el Ateneo de Madrid, vuelve los ojos a una tierra ancestral que se extiende desde la cordillera Penibética hasta el mar Mediterráneo, entre planicies y viejas sierras ondulantes, plagadas de olivos y viñas, de almendros floridos y breves palmerales.

 

Evaristo Guerra encuentra su lugar de pintor justo bajo el cielo y sin embargo, no necesita situarse físicamente frente a la naturaleza para comprender que la luz del sur ilumina desde arriba. Su visión espiritual o emotiva nace del recuerdo, de la memoria, donde permanece grabada la fisonomía de unos parajes que conoce bien. “Pueblo soñado de Andalucía”, dibuja la planimetría de Montefrío, en una suerte de perspectiva caballera alegremente animada por esplendores cromáticos armonizados en suave transición. El caserío encalado asciende por el cerro hasta culminar en el inexpugnable farallón donde se alza egregia la humilde ermita  románica. Detrás, los olivares se tiñen de magenta y al fondo las violáceas cumbres de la sierra granadina aún conservan leves neveros del invierno. Arriba, los celajes rosados parecen  reflejar las luces de un sol agonizante e invisible.

 

Evaristo Guerra pinta a base de puntadas, con fino pincel, cosiendo el color sobre la delicada urdimbre del lino. La elegancia de su “escritura pictórica” no entiende de prisas pues crece desde la paciente entrega diaria a la obra, en un trabajo interiorizado y meticuloso, donde el proceso de ejecución forma parte necesariamente de una filosofía opuesta a la mancha rápida, al gesto, a la acción trepidante,  tan propia de la tradición occidental. Su lenguaje es el del monje taoísta que mira de cerca, medita y se fusiona visualmente con lo ínfimo para entender la grandeza del universo. A base de sutilísimas gradaciones sobre un enlucido de capas previamente aplicadas describe praderas, árboles, flores bañadas por la calidez de una primavera perpetua. Todo parece dispuesto sin esfuerzo, como dictado de antemano por un orden superior de geometrías mágicas. El arte de Evaristo Guerra se aparta del drama porque ninguna miseria humana puede turbar la plenitud de estas islas idílicas, creadas para soñar  hoy. 

 

 

Sala del Ateneo, C/ del Prado 8. Hasta el mes de diciembre

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