José Pérez-Guerra
Domingo, 12 de febrero de 2017

La libre circulación, para que no produzca choques, debe estar sujeta a normas

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[Img #26386]El centro-museo Artium, de Vitoria, presenta la exposición ‘La gravedad de las cosas’ con obras de artistas de países musulmanes, iberoamericanos o africanos presente en su colección, que aluden asuntos que están en el origen de problemas tan sangrantes como la emigración forzada por la guerra y la pobreza, y también, como señala el director del museo, Daniel Castillejo, ‘a los cambios y las amenazas a la convivencia y progreso social’.

 

Se trata de un problema de hondo calado en el que las primeras víctimas son los propios emigrantes que se ven obligados a buscar refugio en tierras extrañas, son manipulados por traficantes sin escrúpulos y tienen que soportar muros y vallas. La Carta de las Naciones Unidas reconoce el derecho de las personas a buscar el lugar donde establecerse, pero todo derecho está sometido a normas, conlleva obligaciones. El derecho a circular por una carretera tiene reglas, igual que el de entrar en un espacio público siempre regulado por su aforo.

 

En el problema de la migración, en especial en Europa, se olvida una cuestión básica: la de acatar la legislación vigente de cada país, porque existe un peligro evidente cuando algo tan personal como es la libertad religiosa se trata de quebrar para imponer un credo ‘único y verdadero’, cuando se atenta contra las personas en ‘nombre’ de su dios, produciendo un terror que se repite en distintos países europeos. Y esa práctica, si continúa, acabará no solo cerrando fronteras a los emigrantes, sino que obligará a estudiar deportaciones a los países de origen, buscando diversas fórmulas de ‘personas no gratas’. Personas ‘no gratas’ que puede extenderse a familias de delincuentes, ‘tribus urbanas’ y otras maneras de vivir a costa de los demás.

 

Hace unos días, el Presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, dijo en unas declaraciones que sería necesario ‘establecer acuerdos bilaterales para reducir el flujo migratorio e invertir 1.000 millones de euros en África para ayudar al crecimiento y la estabilidad’. Pero mucho nos tememos que el resultado sería nulo porque la mayoría de los gobiernos africanos son verdaderos focos de corrupción, peleas y desgobierno, y eso no se arregla con dinero, sino con una estrategia de la ONU (el problema es mundial) para que determinados países ejerzan una verdadera tutoría (nada de colonialismo) en estos países subdesarrollados a fin de llevarlos de un tercer mundo a un primero, aprovechando ‘in situ’ población y recursos naturales o de situación, lo que sería rentable para todos porque a mayor demanda de productos, mayor prosperidad… Será entonces cuando se logrará un mundo único, y por ende próspero.

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