José Pérez-Guerra
Miércoles, 7 de octubre de 2009

No somos dueños del pasado. Y por ello nadie puede anular lo sucedido

[Img #1013]La Generalitat de Cataluña insta la nulidad del juicio que condenó a muerte -en 1940- al político Lluis Companys por "incitación a la rebelión" y ser responsable, por acción y omisión, de uno de los periodos más sangrientos de Barcelona, cuando el "paseo" asesino era una realidad cotidiana. El consejero de Interior y Relaciones Institucionales catalán, Joan Saura, de ICV, trata de acelerar un acto de reparación a la memoria de quien para él fue un patriota inocente. Y no vamos a entrar en ese juego de inocencia o de culpabilidad, porque lo que tratamos de señalar es que aquello ya no puede ser de otra manera.

 

Companys ya era en las filas de Unión Republicana, cuando ejercía como concejal del Ayuntamiento de Barcelona, en 1917, un agitador comprometido -amigo de Francesc Layret y Salvador Seguí- que le llevó a sufrir destierro en Menorca; diputado que, en 1931, se integra en Esquerra Catalana, dirigida por Francesc Maciá; desempeñando posteriormente un importante papel en el advenimiento de la República, y en su apoyo, como presidente de la Generalitat, a la abortada Revolución de Asturias, que, en orígen, estaba diseñasa para extenderse al País Vasco y Cataluña, y así hacerse la izquierda otra vez con el poder, del que unas elecciones generales dejó en la oposición. Y en ese contexto de la Revolución de Octubre, de Asturias, Companys instaura la República Catalana, dentro de la República Federal Española, por lo que el ejército, al mando del general Batet, ataca el edificio de la Generalitat, teniendo que entregarse a su presidente, acción revolucionaria que se saldó con 45 muertos.

 

Y aquellos sucesos le ocasionaron nuevos contratiempos. Hasta que, en los avatares de la guerra civil, presidiendo la Generalitat busca lo mejor para él y los suyos, mientras en Barcelona se mataba sin juicios, o tras juicios sin defensa posible, e incluso se asesinaban los "amigos": anarquistas, comunistas, socialistas, sindicalistas y un largo etcétera, porque para los totalitarios la muerte suele ser la solución para problemas de supremacías.

 

En el periodo de la anteguerra se asesinó intentando imponer un credo, o diversos credos, totalitarios; y también una meta independentista. Se siguió haciendo entre los años 36 y 39 en toda España, en ambos bandos; pero centrándonos a Barcelona la sangre salpica a políticos como Companys, y a una Esquerra Catalana pringada hasta el cuello. Y cuando finalizó la guerra; hubo paz en los cementerios, R.I.P, porque siguió el odio y se sucedieron revanchas vergonzosas.

 

Los señores de la Generalitat pueden influir en el presente y condicionar el futuro; pero el pasado ya sucedió y nadie tiene poder efectivo para declarar nulo lo que se hizo, porque la sentencia se consumó en la madrugada del 15 de octubre de hace 49 años; y a Lluis Companys ya solo pueden juzgarlo de nuevo los historiadores. Como no se puede anular el juicio y muerte de José Antonio en Alicante; ni el fusilamiento del general Antonio Escobar unos meses antes que el de Companys, también en el Castillo de Montjuich.

 

Con todos los problemas que debería resolver un buen gobierno, nuestros políticos, que están a sueldo de la ciudadanía, se dedican a organizar 'fuegos de artificios'; y a buscar la manera de eternizarse en las poltronas. Se va descaradamente a la 'conquista del poder' y lo que se conquista se defiende como propiedad, con uñas y dientes. Por eso Franco sólo podía responder -según legisló el régimen- "ante Dios y ante la Historia". Y por lo mismo los políticos y los sindicalistas actuales son, de hecho, herederos de la nobleza secular, clase dominante a la que hay que rendir pleitesía, mientras el llamado Pueblo Soberano, no es más que suma de "pagados" o de pagadores, bastante sableados, que deben moverse por la vía del "patriotismo".

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