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Hace un siglo, el joven ingeniero Benito Loygorry Pimentel (San Sebastián, 1885 - Madrid, 1976), tras un periodo de aprendizaje en Francia, recibió de la Federación Aeronáutica Internacional el título de piloto aviador, el primero concedido a un español que, con su aeroplano voló hacia su país iniciando una historia marcada por múltiples desafíos, siempre superados; tanto en la industria como en los vuelos transcontinentales, en la guerra y en la paz. Porque aquellos pioneros de hace cien años, deportistas en el espacio, abrieron el camino al transporte aéreo, uno de los avances de más hondo calado en el mundo actual.
A Benito Loygorri le entrevistamos el otoño de 1973 en su domicilio madrileño, ubicado entre el Prado y Cibeles. Nos proponíamos informar a los lectores del diario “Informaciones” sobre los orígenes de la aeronáutica con el testimonio de uno de los primeros protagonistas. Y aquella conversación fue publicada en el desaparecido “Informaciones” un 6 de octubre. Aquella conversación la reproducimos ahora, al celebrarse el primer centenario, para los lectores de “InfoENPUNTO”
Don Benito, tras leer lo publicado, nos envió una carta en cuyo párrafo final dice: “confío en que cuando le sobren unos minutos acuda a este modesto domicilio, que ya conoce, donde además de una ‘copa a la mutua salud’ le espera siempre el cordial apretón de manos de su nuevo amigo”, Y firma Benito Loygorri, el primer piloto de la aviación española, muerto en febrero de 1976 a los 91 años de edad.
Don Benito Loygorry
“Conmigo empezó la aviación española”
por José Pérez-Guerra
“Oí hablar de aviones; me entusiasmaban los vuelos de Wright, Feber, Bleriot y los hermanos Farman. Y decidí marchar a Francia, que entonces era el centro de la aeronáutica mundial, para comprar un aparato y aprender a volar. Desde 1905 venía realizando ascensiones en globo; había acompañado como tripulante a Esteban Salamanca y a otros aeronautas”.
Don Benito Loygorry, pionero de la aviación española, nos habla a sus ochenta y ocho años de las experiencias que vivió en años difíciles; cuando volar era todo un riesgo que atraía a deportistas y aventureros; de la incorporación del aeroplano como arma bélica; de las posibilidades que ya se vislumbraban como vehículo de transporte. Ingeniero; en sus años mozos su vocación le llevó por los caminos de la automoción. Implantó un negocio de automóviles y se empeñó en compartir esta actividad con la afición aérea.
La empresa, en verdad, era arriesgada. En 1909, cuando preparaba su viaje a Francia, un español natural de Aranjuez –Antonio Fernández- se estrella en suelo francés cuando con un aeroplano de su invención intentaba llegar hasta España. Pero al ingeniero Loygorry nada, ni nadie, le detiene.
“En Francia –nos dice- compré a Henri Farman uno de sus aparatos. Tenía un motor Gnome de 50 caballos y con él aprendí a volar en la escuela de Mourmelon. Entonces –prosigue- hacerse piloto no era tan complicado como ahora. Bastaba con saber despegar y tomar tierra; con manipular los mandos y mantenerse en el aire. Realizadas las pruebas exigidas, la Federación Aeronáunita Internacional comunicó el resultado al Real Aero Club de Madrid y me concedió el carné de piloto aviador con el número 1 para España. Lleva la fecha, 30 de agosto de 1910”.
- ¿Había Aero Club en España?
- Si, en Madrid. Y en Barcelona se había fundado la Sociedad de Locomoción Aérea. En realidad, no teníamos aeroplanos ni pilotos, pero estos grupos de entusiastas se propusieron introducir la aeronáutica en el país. Y a ellos se deben las primeras exhibiciones que se realizaron: en Barcelona el 1 de febrero de 1910, y en Madrid el 23 de mayo de ese mismo año, ambas protagonizadas por el francés Mamet.
Y Don Benito prosigue: Con el título de piloto en el bolsillo cogí el avión y me vine a España. Unas semanas después, el Aero Club de Guipúzcoa organizó un concurso aéreo, Concurrimos en San Sebastián los franceses Garnier con un “Bleriot”; Tabuiteau con un “Maurice Farman” y yo con mi “Henri Farman”. Volamos y tuve la suerte de permanecer más tiempo que ellos en el aire: unos 25 ó 30 minutos. Entonces acudí al palco real, donde la Reina doña Victoria Eugenia había presenciado la exhibición. Me dijo: “¿Tu madre te deja volar?. Yo le contesté que mi madre me estaba contemplando desde otro palco. Y meses después fui condecorado con la Cruz de Isabel la Católica. Como dato curioso le diré que en San Sebastián me regalaron una copa, que fue adquirida por suscripción popular, pero nadie podía aportar más de 25 céntimos.
- ¿Y después?.
- Inicié un verdadero peregrinaje por diferentes ciudades para realizar vuelos. Me contrataban por 10.000 o 15.000 pesetas. Recuerdo que en Badajoz obtuve un gran éxito; en otros lugares la suerte no me acompañó demasiado. Durante unas exhibiciones realizadas en San Sebastián, voló conmigo la señorita Maria Minondo –hasta entonces ninguna otra se había atrevido-, pero el motor falló y caímos en la playa. La aventura sólo quedó en un buen remojón.
- ¿Cuánto valía entonces un aeroplano?
- Entre 35.000 y 40.000 francos (unas 100.000 pesetas). Yo tuve primero el “Henri Farman” donde aprendí a volar; después compré un monoplano “Morane”, un biplano “Sommer” que era el primer aparato metálico construido en el mundo; un “Maurice Farman” y, finalmente, un hidroavión “Artois”, que fue un completo fracaso, porque siempre estaba averiado. También compré las alas del avión con que Vedrines ganó, en 1911, la prueba París-Madrid.
- ¿Participó en concursos aéreos?.
- Sí. Pocos días después de la carrera París-Madrid, ganada por Verdines, y a la que no me fue posible acudir, se organizó en Getafe un concurso de aviación. Tomamos parte los pilotos Verdines, Mouvais, Tyck. Graul y yo. Para mí fue el premio de aterrizaje más perfecto. Después colaboré con Vives y Kindelán para poner en marcha la aeronáutica militar. Yo representaba en España la firma Henri Farman. He sido el primer proveedor de aviones de nuestro ejército, porque por mediación mía se adquirieron dos biplanos “Henri Farman” con motor Gnome de 70 caballos y un “Maurice Farman” con motor Renault de 80 caballos, los aparatos con los que contó la primitiva escuela. Y no sólo los vendí, sino que también llevé el primer “Henri Farman” que tomó tierra en aquella pista, haciendo un vuelo oficial en el que llevé como pasajero al ilustre Emilio Herrera. Este vuelo se realizó el 13 de marzo de 1911 a una altura de 200 metros y velocidad media de 75 km, por hora que entonces era una temeridad. Recorrimos unos 20 km en 15 minutos.
- ¿Colaboró entonces con el ejército?.
- Bueno, yo era un deportista. Nunca tuve verdadera vocación militar. Sin embargo, en los primeros tiempos, cuando se formaba la primera promoción compuesta por Kindelán, Herrera, Ortiz de Echagüe, Barrón y Arrillaga, estuve en Cuatro Vientos y acompañé a los pilotos en los primeros “raids” que, en verdad, no pasaban de Guadalajara.
- Usted, don Benito, marchó en 1913 a América, ¿por qué?.
- Efectivamente. Yo soy ingeniero y allí se me ofrecieron oportunidades. Trabajé en Cuba en una fábrica de azúcar hasta mediado el 1918. Desde allí pasé a México y entré en la Escuela de Aviación Civil Mexicana donde colaboré con las promociones que allí se formaban. En 1921 volví nuevamente a España para reanudar los negocios de automóviles que siempre tuve, pero mi estancia aquí fue corta. Fui a Norteamérica y entré en el departamento de venta y exportaciones de la General Motors, a cuya corporación he estado vinculado hasta mi jubilación en 1950. En estos años monté la fábrica de Montevideo, regresé a España y dirigí la planta de Barcelona hasta su desaparición, ocurrida en la década de los treinta.
- Una pregunta que usted puede dejar de contestar si la cree inoportuna: ¿Dónde estuvo el primer aviador de España durante la Guerra Civil española?.
- No actué como piloto en ninguno de los dos bandos. Durante esos años difíciles, como representante de la General Motors, vendí al Gobierno de Burgos de 6.000 a 7.000 camiones... Una vez en mi vida, intenté ser aviador militar, y fue durante la I Guerra Mundial, cuando, desde Cuba, ofrecí mis servicios a la aviación británica a través de su Embajada. Pero Londres no los aceptó, alegando que era extranjero. Entonces, en los primeros tiempos, la guerra aérea era una aventura con mucha carga deportiva.
- ¿Desde cuando no vuela, señor Loygorry?
- Como pasajero, con frecuencia. En estos días realizaré un viaje a Estados Unidos. Pero hace muchos años que no tripulo un avión. Antes, poseer un aeroplano estaba a mi alcance; después, sus precios, y mantenimiento, hicieron prohibitiva su posesión.