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Domingo, 20 de mayo de 2018

Pinturas latentes de Francisco López Soldado en la Casa de la Cultura de Torrelodones

[Img #29392]Hay obras que llevan toda una vida desarrollándose en los procesos de estudio e investigación plástica, en lo que tienen de cuerpo y estética, que resultan ser el testimonio de los ciclos naturales que nos convoca a lo que dábamos por perdido y jamás volvería.

 

Y no es mala cosa ésta si se conoce la propia historia y cómo estar en ella; también, la manifestación que viene a significar y dar sentido, por un lado, a aquel lugar al que se vuelve a mirar sin haberse marchado y, por otro, a reconciliarnos con lo no perdido que algunos custodios han mantenido vivo como norma fundamental del trabajo diario.

 

Sin duda, la obra que ahora presenta Francisco López Soldado en la Casa de la Cultura de Torrelodones –cuya actividad desde hace algunos años ofrece interesantes proyectos dentro de la actividad cultural-, tiene mucho de todo esto. Y no es que así sea porque el artista haya vagado de un lugar a otro hasta reencontrarse en el proceloso océano de las incursiones en las que el presente usurpado se mira para ofrecerse como zahorí de novedades y ocurrencias, no. No, porque López Soldado se ha mantenido firme en sus propósitos, sabiendo esperar sin pretenderlo. Y es que su trabajo es ya un pilar fundamental por cuanto tiene de conocimiento y de ese lugar al que todos miran como referente de maneras que Soldado supera para que el resto sienta superado lo que sólo él ha trabajado.

 

En efecto, la obra de este artista, pródiga en presencias, muestras individuales y representado en museos como el Reina Sofía, ha necesitado de todo un ciclo vital para que, ironía,  sean otros los que podamos constatar que es la suya una obra que se ha construido como las obras perennes se construyen: con mucho saber y poco columpiarse. Porque la obra de Soldado no ha necesitado de cambios como pago de admisión, sino que su discurso lo ha ido granando de aportaciones derivadas de su propia experiencia; de color –ahora más que nunca induciendo a los grises al campo cromático-, misturas, gesto…imagen de pensamiento y, algo fundamental, con muchas horas, días y años de encierro en el estudio sin la pose de la necesidad de delegar su propio trabajo en productores de lo ajeno.

 

López Soldado sabe de su trabajo, de su principio y fin. Trabaja cada pieza desde los adentros para que el exterior sea pura identidad, mano de autor. Sus obras son, una vez más, una cavilación tan centrada como expectante acerca de lo singular donde la pluralidad de los universos se revela en lo imperceptible. Estructuras de forma y cromatismos para la estética en secuencias tan latentes como quietas, tan uniformes como precisas y tan inaprehensibles como reales que, ahora y siempre huyeron de la posición regalada del oportunismo.

 

Es por eso que el artista sea dueño de sí mismo y su obra; que sus organismos y fragmentos de vida se eleven a cuestiones más íntimas que comunes; que se sumerja en una pertinaz necesidad de matemática donde lo húmedo modela las formas de su pintura y lleguen a  consumarse los procesos del alumbramiento en cada pieza que, quietas a la mirada, se adivinen en busca del latido y lo encuentren en cada fragmento de los conjuntos atrapados para la composición.

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