Fuente: Ibercaja
Jueves, 13 de enero de 2011
En la Sala de Exposiciones de Ibercaja Patio de la Infanta de Zaragoza

"Georges Rouault 1871-1958"

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[Img #4574]El jueves 13 de enero se inauguró la exposición “Georges Rouault 1871-1958”, en la Sala de Exposiciones de Ibercaja Patio de la Infanta, (C/ San Ignacio de Loyola, 16, de Zaragoza). La muestra ofrece un acercamiento a la expresión más íntima del pintor parisino, que propone una mirada más allá de la forma y una reflexión sobre la existencia humana y la necesidad de expresión de los artistas.

La muestra, que permanecerá hasta el 20 de abril de 2011, fue presentada por Teresa Fernández, directora de la Obra Social de Ibercaja; Magdalena Lasala, responsable de Cultura, y Martine Soria, comisaria.

En la sala se presentan de 39 obras de la prolífica obra de Georges Rouault como pintor, grabador y experimentador de diversos soportes. Se exhiben 20 pinturas realizadas con acuarelas, pintura al temple, óleos, tinta y gouache, pertenecientes a la Fondation Georges Rouault y a colecciones particulares. La muestra se completa con 19 grabados -12 de la serie Miserere y 7 de la serie Réincarnations du Père Ubu-, procedentes de la Fondation Georges Rouault.

Georges Rouault es uno de los creadores más independientes del arte moderno. Ha sido calificado a menudo como un pintor austero y religioso. Su maestro, el simbolista Gustave Moreau, influyó en sus primeros contactos con la pintura y muy pronto el pintor mostró influencias en su obra de Francisco de Goya. En sus “Souvenirs intimes”, Rouault menciona repetidas veces el nombre de Goya y no duda en inspirarse en la Quinta del Sordo para una de sus primeras creaciones importantes. En su trayectoria artística, una inmensa obra pictórica se compagina con una considerable producción como grabador, al igual que ocurría en el caso del pintor de Fuendetodos. Otra semejanza entre ambos artistas es el tratamiento en sus obras del sufrimiento humano. Algunos de sus trazos ponen de manifiesto una enérgica sátira social, una verdadera denuncia de las desigualdades de su tiempo y un cuestionamiento sobre los límites del alma humana y las contingencias de la vida.

Aunque a lo largo de su dilatada carrera, y debido a su profusa obra, encontremos numerosos paisajes y ramos de flores, cuando el pintor aborda temas relacionados con un enfoque crítico de la sociedad o cuando encuentra su inspiración en los temas más místicos o en los más humildes es cuando recibe un mayor reconocimiento por parte del gran público. En este sentido, Rouault reflejó en sus obras el mundo de la justicia, estudios sobre el circo y representaciones de mujeres de la calle. Todos estos temas fueron tratados por el artista con gran intensidad y viveza en la expresión de los rostros.

En el 1901, el pintor se retiró a la abadía de San Martín de Ligugé y la mística adquiere mayor peso. La vida, la muerte y la pasión de Cristo se repiten incansablemente en su obra. En ese momento nacen también los paisajes bíblicos imaginarios; al principio sombríos y dramáticos, luminosos después.

Desde el punto de vista técnico, Rouault no solo fue pintor. Fue también grabador, con una producción igual de importante, y desde sus comienzos se entregó al aguafuerte. El grabado ocupa un lugar determinante, en relación directa con el desarrollo de su trayectoria pictórica. Durante casi una década, entre 1917 y 1926, dedicó la mayor parte de su producción al grabado. Las planchas de las series Miserere y Ubu, presentadas en esta exposición, dan fe de una maestría incomparable, una técnica excepcional.

Fue el autor de extraordinarias vidrieras, a su vez inspiradas en su fe religiosa, como las que iluminan la iglesia de Assy. Colaboró, a comienzos del siglo XX, con el ceramista André Méthey (1871-1921) en la decoración de jarrones y placas de terracota. También hay que mencionar sus decorados de 1929 para los ballets rusos de Sergei Diaghilev, el ballet “El hijo pródigo” de Prokofiev y los cartones para tapices realizados para Maurice Cuttoli en 1933, así como los trabajos en esmaltes ejecutados por los monjes del taller de la abadía de Ligugé.

En su trabajo de casi setenta años, logró la fusión perfecta de la realidad más inmediata y la espiritualidad más elevada. Pintor independiente, único por la eficacia de su claroscuro y la fuerza de su síntesis, fue también un hombre comprometido con el mundo que le rodeaba. Su cuantiosa obra, presente en los museos más importantes del mundo, desconcierta, pues es inclasificable y no pertenece a una escuela.

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