José Pérez-Guerra
Domingo, 6 de febrero de 2011

Eso que llaman multiculturalismo es una incultura

[Img #4845]No es la primera vez que tratamos un problema, que nosotros creemos propicia una amalgama social en la que pueden anidar demasiados buitres. Pero la decisión del “premier” británico, David Cameron, de considerar un fracaso el llamado multiculturalismo, nos anima a tratar una cuestión que es vital si apostamos por un mundo donde todos tengamos iguales derechos y obligaciones, al señalar que “bajo la doctrina del multiculturalismo, se condena a diferentes culturas a vivir vidas separadas en la misma sociedad, cuando deberíamos fortalecer nuestros valores en un ejercicio de liberalismo activo y muscular para consolidar una coherencia social...”. Está en la misma línea ya expuesta por Angela Merkel cuando dijo que el multiculturalismo ha fracasado por completo, y en esa misma posición se observa en la política del presidente de la República Francesa.

Alguien acuñó eso del multiculturalismo y lo puso en valor. Y muchos modernos, muy ‘progresista’ se pusieron a bordar el mapa de los barrios, con sus pintorescas diferencias, siempre respetadas por lo que ‘aportaban’. Lo que se olvidó es que la Cultura no es más que un grueso cordón tejido por múltiples aportaciones conjuntadas; y que ese esfuerzo, imaginación, ilusiones, conocimientos, propicia el progreso humano. Progreso que sólo es posible mediante el intercambio y el apoyo mutuo, entendiéndose los unos con los otros para ser comunidad de valores. De ahí que el ‘lío’ entre culturas sólo puede conducir a la incultura de un divisionismo de castas mejor o peor avenidas.

En un mundo globalizado como el que vivimos, cuando la emigración es un fenómeno mal ordenado, lo menos que se puede pedir es que se tenga en cuenta, de manera general, la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por la ONU hace seis décadas. Y de manera particular, en cada estado, el respeto a las leyes del país de acogida. No es posible que en Europa, con una cultura milenaria impregnada de un Humanismo que ha impulsado las democracias para salvaguardar el espacio privado de los pueblos -sus libertades ciudadanas-, puedan instalarse culturas intolerantes que obedecen “a leyes divinas”, y tradiciones que esclavizan, cauterizan conciencias y hasta mutilan a niñas para convertirlas en mujeres a disposición. Y esto es simple barbarie.

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