Amalia García Rubí
Sábado, 19 de marzo de 2011
Madrid

Emilio González Sáinz, nuevos paisajes en la Galería Egam

[Img #5496]En un acertado y bello texto escrito por el profesor Gabriel Rodríguez sobre la obra de Emilio González Sainz con motivo de su exposición El farallón de los Monjes celebrada en la Universidad de Cantabria de Santander en 2006, se aludía con gran tino a la obra del pintor flamenco del siglo XVI Joachim Patinir para encontrar algunas de los andamiajes artísticos más sólidos y originales de este otro gran maestro contemporáneo. Quien por primera vez se acerque a la obra de González Sainz podrá verificar sin problemas esa estrecha comunión con el modo de concebir el paisaje a la manera antigua de los miniaturistas del quinientos. Detrás de estos cuadros trabajados con meticulosidad a base de fina punta de pincel y de brochas delicadamente escogidas, se halla una exquisita formación en la observación de la gran pintura de museos, las tablas de Patinir e incluso ciertas obras de sus coetáneos Brueghel o El Bosco. Artistas, huelga decir, muy apreciados por los surrealistas como Miró, Dalí, Balthus, Magritte y también por los neofigurativos de nuestra época, María Gómez, Pérez Villalta, con quienes el propio Emilio González reconoce cierta dosis de empatía. No obstante, convendría avanzar en lo que de propio e inconfundible posee la producción hasta el momento, muy elevada en número y calidad, del santanderino Emilio González Sáinz.

En primer lugar, destaca su predilección por el paisaje, concebido tanto en lo iconográfico como en lo compositivo, desde postulados no realistas, potenciando así el aspecto mágico, irreal y onírico de los parajes en los que instala a modo de anécdota imprescindible una o varias figuras humanas, animales, plantas, descritos con pulcritud de naturalista. En segundo lugar, mencionar el carácter antinarrativo de unas escenas que (y aquí es donde de nuevo se separa de los dictámenes académicos tradicionales), lejos de facilitar lecturas prefijadas, nos aparta de las historias al uso para presentar acciones inconexas o escenas intrascendentes, en las que el espacio y su rico contenido microcósmico adquiere importancia por sí mismo. Por último, siendo consciente de la parquedad de análisis para una obra que requiere dilatar al máximo los tiempos de contemplación, cabría señalar el rasgo a menudo romántico con el que se describen algunos de sus cuadros, si se quiere, de mayor impacto espiritual y misterioso. Aquellos en los que las figuras de los caminantes solitarios admiran en silencio el espectáculo sublime de la naturaleza ante la inmensidad de un paisaje reconocido como propio y que nos remiten al sentimiento místico de Caspar David Friedrich frente a los acantilados de Rügen.

Con todo, la personalidad y el acervo cultural de Emilio González Sáinz no deja de sorprendernos y conmovernos en cada una de sus exposiciones; valga como ejemplo esta primera aparición en la galería EGAM de Madrid, donde se suceden óleos sobre tela, chapa y tabla junto a bellísimas acuarelas de un artista que sin duda debe ser considerado como uno de los más interesantes y mejores pintores figurativos de los últimos tiempos.

(Galería Egam, c/ Villanueva 29, Madrid, hasta el 16 de abril)

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