Amalia García Rubí
Sábado, 14 de mayo de 2011
Madrid

Guillermo Oyágüez, otros lugares, otros medios, en la galería Ansorena

[Img #6133]Guillermo Oyágüez presenta su última individual en la galería Ansorena de Madrid, donde viene exponiendo con regularidad desde hace al menos diez años. En esta ocasión el pintor malagueño aborda el estudio de la figura humana sumergida, como una curiosa introspección entorno a los efectos de ingravidez y movimiento del cuerpo humano dentro del agua, desde una perspectiva eminentemente plástica. Al margen de interpretaciones intrincadas y explicaciones excesivas que tanto gustan a las corrientes de moda, la mirada de Oyágüez sigue siendo la del observador de lo insignificante, de aquello en lo que nadie repara por su obviedad, y que sin embargo puede llegar a descubrirnos todo un mundo insólito dentro de lo acostumbrado, que tan pronto se nos antoja realidad cotidiana como se nos vuelve encantadoramente sorprendente.

Las breves instantáneas de figuras aisladas nadando en una piscina o disfrutando de un baño en el mar, buceando en lo hondo de las aguas templadas de un lago, por ejemplo, tienen mucho de imagen fotográfica (subacuática) y sin embargo son un alarde de auténtica pintura, de la mejor pintura. Oyágüez supera cualquier modo de la figuración al uso, para adentrarnos en el irradiante espectro de las formas distorsionadas, de las luces reflectadas, de las masas informes que burbujean, suben o bajan, atravesando por un instante el abismo angustiante y a la vez placentero del medio acuoso, tan sensitivo e incluso tan sensual a nuestra mirada. Magia o milagro de ese incomprensible don para medir, mezclar, aplicar y modelar, con pinceladas largas,  los untosos empastes de pigmentos, capa sobre capa, hasta lograr el hondo azul marino, el misterioso esmeralda, el luminoso turquesa; agilidad de mano como gran dibujante que es para saber congelar momentos, provocar situaciones o dejar que la mirada penetre indiscreta en el mundo del otro, ese maravilloso voyeurismo de Oyágüez.

En definitiva, un bello conjunto de cuadros que se suceden y traban diversas pequeñas historias magníficamente concatenadas, como siempre ocurre con sus exposiciones. Esta última, prolífica sin duda, nos desvela la calidad y también la candidez de un trabajo constante, más pausado que eufórico, más reflexivo que instintivo, cuyos resultados configuran ya uno de los momentos memorables de este gran pintor. Oyágüez vuelve a ensimismarnos, a embelesarnos con su pintura y lo hace acortando horizontes, buscando en lo inmediato, acercando realidades más allá o más acá del paisaje, del cuaderno de viajes, del lugar explorado que tanto le ha gustado siempre.  

(Galería Ansorena, c/ Alcalá 52, hasta el 13 de junio).

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