Amalia García Rubí
Martes, 13 de septiembre de 2011
Madrid

Annabel Andrews, pinturas para el silencio, en la Galería Kreisler

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[Img #7300]Si tuviéramos que definir la pintura de Annabel Andrews con una sola palabra ésta sería Color, color con mayúsculas y en toda su dimensión simbólica y emotiva. Esmeraldas, verde veronés, magentas, azules ultramar y añil, rosas, ocres, violetas llenan el aire de la sala, cargándola de sensaciones gráciles, armoniosas en sus contrastes y fusiones. Los alrededor de veinte cuadros escogidos para esta magnífica exposición que abre la temporada en la veterana galería Kreisler, conforman lo más querido del último trabajo realizado por la  artista. Una pintura que basa su sentido en la estructuración simple y unívoca del espacio bidimensional a través de la aplicación en capas superpuestas de pigmento sin llegar a cubrir totalmente la superficie, dejando respirar por los cuatro costados al contenido que alberga. Formas más o menos rectangulares se acomodan en su suave verticalidad al lienzo, bloques desgarrados y “pegados” a la tela como si se tratara de hojas de papel teñido que dejaran entrever los bordes de las anteriores en su cadente sucesión cromática. Una suerte de collage pintado más próximo al expresionismo lírico de Rothko o de Esteban Vicente, que a la pintura hard-edge de un Stella o un Noland. Lenta, juiciosamente pero sin desoír al instinto, Annabel aplica con la brocha los colores que se solapan o entreveran, jugando entre sí a adivinarse, ocultarse y transformarse al fin en otra cosa hasta engañar al ojo con sus efectos visuales e intensidades lumínicas. A veces un sutil gesto deja escapar la  forma esquemática de un río que fluye, de un rabo de nube, de un trozo de cielo que pudiera haberse trasmutado en estela o de un rayo de sol que penetra por entre la masa homogénea del pigmento,  y entonces la calma se altera levemente abriéndose un horizonte agónico, casi inexistente. En el arte de Annabel Andrews,  el concepto de reduccionismo no está reñido con la necesidad de libertad expresiva, la idea presume de ser plasmada desde la emoción pero no por ello deja de ser idea, pensamiento, y por lo tanto reflexión entorno a la pintura, a lo primordial en la pintura, al color con mayúsculas.

Una exposición digna de ser contemplada despacio, desde el silencio, quizá con pausado asombro, sin aspavientos, tan solo dejándose llevar por su refulgente universo de matices a penas apreciables y sin embargo tan imprescindibles para hacer de la pura abstracción algo cambiante, dinámico y muy vivo.

(Galería Kreisler, c/ Hermosilla 8, hasta el 1 de octubre)

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