Amalia García Rubí
Viernes, 7 de octubre de 2011

José Carralero, Agustín Redondela y Venancio Blanco, tres mitos vivos del arte español, en el Centro Cultural Nicolás Salmerón de Madrid

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[Img #7587]El Centro Cultural Nicolás Salmerón aloja en sus salas de exposiciones temporales a tres invitados de lujo: el escultor salmantino Venancio Blanco, y los pintores Agustín Redondela (Madrid 1922) y José Carralero (León 1942). En las obras reunidas para esta colectiva, destacan algunos soberbios paisajes manchegos en el límite de la figuración donde Carralero deja constancia de su personalísimo lenguaje plástico, de grandes manchas y arduos empastes ocres, sienas, verdes aceituna y pardos. Extensas panorámicas de amplios campos castellanos construidos con lo mínimo, despojados en su arquitectura de todo afán anecdótico. Junto a la adustez neocubista de estas tierras altas, tres amables retratos de artistas amigos presiden la sala. En todos ellos Carralero entabla un diálogo íntimo con el modelo, dejando traslucir la personalidad de cada retratado. Los colores se avivan, las formas se ablandan y las aristas tienden a curvarse en suaves perfiles que, a pesar de atemperarse, mantienen la fuerza de la pincelada y ese gusto por “ensuciar” la materia en mezclas de un buscado expresionismo.

Poco o nada tiene que ver este enérgico discurso pictórico con las  armonías cromáticas y lineales de Redondela. Y menos aún con las apacibles tardes de estío, los claros del bosque y las alamedas, los viejos puentes de piedra, las iglesias románicas y en fin el vetusto camino del pueblo olvidado, donde no transcurre el tiempo, donde la historia y las costumbres parecen haberse detenido. Son los amables paisajes rurales, siempre alegrados con pequeñas figuras humanas, una y otra vez reverdecidos, de un artista plenamente activo. Auténtico paradigma de épocas florecientes para la pintura española, figura clave de la Escuela de Madrid, continuadora de las bases modernizadoras que iniciaran los de Vallecas, con Benjamín Palencia a la cabeza. Con el tiempo, ya avanzada la madurez, Redondela sigue aferrado a los pinceles y continúa emocionándonos con su paleta única, de verdes, malvas, naranjas…

Como también nos conmueven las esculturas de Venancio Blanco, sin duda uno de los nombres con más peso en el panorama escultórico desde los años cuarenta, tanto en la gran escultura pública cuanto en proyectos expositivos. La vastísima trayectoria creativa de Venancio traza hasta hoy una línea continua de trabajo y vocabulario artístico tan singular e inconfundible como su temperamento. Maestro del bronce y del hierro, seducido sin duda por las innovaciones que en los primeros pasos de la vanguardia trajeron aquellos que venían de París, con Julio González como paradigma de un arte que Venancio Blanco ha sabido alzar y ennoblecer. La figura humana, eje articulador en toda la obra del escultor, ha mantenido su elocuencia, su gracilidad y al mismo tiempo la fuerza expresiva de unas formas que a menudo se meten de lleno en la abstracción. Venancio Blanco deja hablar al material para dotar de vida a la forma, ensayando huecos, planos y ensamblajes como parte imprescindible del todo corpóreo y liviano que es cada obra. Las piezas fundidas en bronce, pertenecientes a su producción de esculturas de mesa, nos hablan de esa hispanidad sacrosanta que perdura tras los siglos: son quijotes, toreros, personajes bíblicos, cristos en la cruz o escenas religiosas. Una iconografía en clave neofigurativa que encarna el carácter dramático presente de una u otra manera en el arte y la cultura españoles a través de las épocas. Venancio Blanco se nos antoja aquí con la ternura y el intimismo gratificante que otorga al artista la madurez, los años de experiencia y el  tiempo vivido.

(Centro Cultural Nicolás Salmerón, c/ Mantuano 51, de Madrid)

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