José Pérez-Guerra
Lunes, 19 de diciembre de 2011
Producida con motivo del Bicentenario de la Constitución de Cádiz

A cuenta de la exposición “El Viaje Andaluz del Rey José I: Paz en la Guerra”

[Img #8369]Promovida por el Ministerio de Defensa y el Consorcio para la Conmemoración del Bicentenario de la Constitución de 1812, con diversas colaboraciones de instituciones francesas y españolas, Casa Pinillos, de Cádiz, acoge hasta el 29 de enero de 2012 la exposición “El Viaje Andaluz del Rey José I: Paz en la Guerra”. En ella, a través de 80 piezas -entre libros, mapas, fotografías, láminas, cuadros, grabados, miniaturas, copias de decretos y hasta maniquíes- se describe el itinerario y las motivaciones del periplo realizado por un rey invasor, ofreciendo una visión ‘distinta’, quizá porque la historia se escribe según cada presente. Y es que el presente de España se ha escrito últimamente con letras torcidas, como “nación discutida y discutible”, según la versión ambigua marcada por el paso de José Luis Rodríguez Zapatero por la presidencia del Gobierno.

Porque hasta el título de la muestra tiene bemoles, ‘paz en la guerra’, cuando los cañones franceses mataban españoles y trataban de acallar la rebeldía de un pueblo que no aceptaba ser sometido -otra cosa son los cortesanos y gente de la situación, tan acomodaticios entonces y ahora-. Y también llama la atención la explicación de incensario del Consorcio para la Conmemoración del Bicentenario de la Constitución, pues dice que trata de ofrecer “una imagen objetiva de uno de nuestros reyes menos conocidos, sobre el que todavía recaen demasiados mitos y del que tanto se ignora”. Pues para ignorancia la suya, pretendiendo obviar que José I no fue para los españoles más que el ‘hermanísimo’ de un invasor, un monarca títere rechazado, por ajeno y enemigo, y que de hecho nunca fue ‘nuestro rey’, sino un intruso hasta que le duró el boato.

José I, ese fraternal representante de un ejército invasor que fusilaba a todo aquel que no hablara con pertinente acento, viajó a Andalucía con su corte de afrancesados en un momento en el que las tropas napoleónicas ya se habían hecho con el control de casi todo el territorio español, salvo Cádiz, inaccesible por tierra y mar, refugio de la Junta Central que, de hecho, constituyó a Cádiz en capital de la Regencia y referente nacional. E hizo ese viaje con una sola intención, la de conseguir lo que no lograban los dragones y la artillería de Napoleón, acabar esa resistencia heroica de Cádiz y todo lo que ello representaba.

José I, “nuestro rey”, fue colocado en el trono de España por su hermano Napoleón, el emperador que, para debilitar más al Reino de España en el año 1810 -el del viaje ‘que tiene ahora otras lecturas’-, decretó la segregación de los territorios más allá del río Ebro, pretendiendo establecer gobiernos en Aragón, Cataluña, Navarra y Vizcaya; desmembración que ha tenido y tiene seguimientos.

José había crecido a la sombra de Napoleón que le encomendó misiones diplomáticas, fue gobernador de Nápoles, y en Madrid quiso fundar el Museo Josefino, antecedente del Museo del Prado. Durante su reinado trató mejorar el casco urbano madrileño a base de construir plazas, lo que le acarreó el mote de ‘rey plazuelas’, con otros motes tan degradantes como el de ‘Pepe botella’. Tras la derrota de los franceses en Arapiles, en julio de 1812, abandonó la Corte de Madrid con un inmenso botín, en joyas y obras de arte, que perdió en Álava cuando Wellington le pisaba los talones. Este rey intruso, que en absoluto fue “nuestro”, volvió derrotado a suelo francés en junio de 1813 y tras la caída del Imperio de Napoleón, se refugió en Estados Unidos, pasando posteriormente a residir en Florencia, donde murió en 1844.

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