En el subsuelo de la Basílica de los Santos Mártires Justo y Pastor, de Barcelona, se ha encontrado un muro que, al parecer, pertenece al siglo I de nuestra Era y pudo formar parte de un edificio administrativo o comercial del imperio romano cuando Augusto, con el propósito de incorporar la península, establece el primer mapa de un territorio conocido como Hispania, con una demarcación Citerior o cercana, y otra Ulterior o menos conocida.
Son raíces profundas. Existen vestigios de un asentamiento conocido como Bárkeno en tierras consideradas layetanas que pudieron extenderse por el actual Vallés hasta la costa, incluyendo otros núcleos humanos como Baitolo (Badalona) e Ilduro (Mataró). Y en un dracma de plata del siglo III antes de C, aparece la inscripción Bárkeno. Es en Bárkeno donde acampa el ejército romano y crea las condiciones para que el emperador Augusto, en el siglo I, conceda al poblado el nombre y el tratamiento de Colonia Faventia Iulia Augusta Pacna Barcino”, asentada en el Monts Taber o montaña de los milagros, que acoge ahora el Barrio Gótico.
Barcino, que adquiere el rango de municipio, crece y desarrolla un urbanismo acorde con su pujanza, solo superada por Tarraco que, como punto estratégico de los romanos para lograr, primero, vencer a los cartagineses y, después, hacerse con el territorio peninsular; cuando Tarraco fue durante siglos capital de la Tarraconense, demarcación que perduró hasta la invasión musulmana.
En el subsuelo de la Ciudad Condal están las vértebras de una Barkeno-Barcino-Barcelona poblada desde la más remota prehistoria. Restos como los baños romanos encontrados durante obras de acceso a la futura estación de la Sagrera, y restos en muchos puntos de la ciudad, cuya dinámica se ha ido mostrando a lo largo de los dos milenios documentados.