Amalia García Rubí
Sábado, 25 de febrero de 2012
Madrid, en la Galería Fernández Braso

Albert Ràfols Casamada, pintar el espacio. Obra 1981-2007

[Img #9123]Mirando la obra de Ràfols Casamada (Barcelona, 1923-2009) nos extasiamos ante la grandeza de la pintura. Es posible que este pintor catalán, uno de los más queridos artistas plásticos del último tercio del siglo XX, mediterráneo y apasionado de la luz ampurdanesa como también lo fuera su amigo Joan Hernández Pijuan, haya tenido un devenir pictórico sencillo, de cierta monotonía bien entendida, al igual que Cezanne, Matisse, Rothko.

Probablemente a simple vista, sus cuadros finales difieran vagamente de los de ayer. Sin duda, ese preludio del color y la forma intuida que comenzaba a emerger, a solidificar en los setenta y ochenta, culmina durante el dos mil con tanta intensidad de dicción como si se tratara de la primera vez que el artista se enfrentara a la tela. Sin embargo, se adivina en estos últimos una especial seguridad de ejecución en el empleo de los pigmentos y los matices lumínicos más sutiles, reflejada  asimismo en la riqueza de concepción de las superficies cromáticas de cuando en cuando reverberadas por un rayo de luz de color puro: verde esmeralda, azul, blanco, carmín… o alegradas por breves grafismos de calidez infantil. Todo ello es fruto de un lenguaje muy singular e inmanente a la poesía tantas veces evocada, escrita y leída por Casamada. La madurez del pintor estuvo plagada de magníficas recompensas creativas consecuencia precisamente de esa búsqueda perenne en un sólo camino, el más importante de todos para el artista, el camino de la lírica espiritual llevada al drama de la pintura moderna, sin otro misticismo que el de la admonición sincera hacia la autenticidad del color como expresión artística de una necesidad interior. Aunque a lo largo de este sendero vital, generoso y receptivo al unísono, Casamada se encontró con elementos inesperados que en un momento dado le pudieron seducir, la llamada de la pintura consentía en tales desvaríos hasta cierto punto, procedía de nuevo la calma, el sosiego en torno a ese instinto de retomar cierto “orden emocional”. Una fuerza natural mucho mayor que el anhelo de rebeldía permanente al que a menudo se ven expuestos los artistas actuales y que en Casamada existe en su justa medida, sin llegar nunca a tiranizar al pintor.

Esta nueva exposición de Albets Rafols Casamada, el pintor abstracto que halló en lo atávico y primitivo del paisaje y en la realidad cotidiana sus mejores motivos de inspiración, es sin duda un acontecimiento digno de celebración para quienes a veces echamos de menos cierta recuperación imprescindible de nuestro grandes maestros contemporáneos. Riquísima en contenido y excepcional en calidad, huelga decir que la nueva sala Fernández Braso cubre este y otros huecos dentro de la oferta del  arte español.

(Galería Fernández Braso, c/Villanueva 30, de Madrid. Hasta el 31 de marzo de 2012).

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