José Pérez-Guerra
Jueves, 8 de marzo de 2012

El nacionalismo vasco quiere quedarse con el “Guernica” de Pablo Picasso

[Img #9260]El diputado del PNV, Aitor Esteban, ha pedido en el Congreso de Diputados  “voluntad política” al Gobierno de España para “el traslado definitivo o temporal” del ‘Guernica, de Pablo Picasso, que forma parte del discurso expositivo del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, a territorio vasco. Esta exigencia ni es nueva ni resiste a cualquier planteamiento razonado. A esa obstinación se ha sumado Bildu que ostenta el poder municipal en Guernica, cuando el pasado septiembre, al cumplirse 30 años de la llegada de la obra a España, organizó un acto reivindicativo exigiendo su traslado al País Vasco.

Lo extraño es que una obra de arte tan española, que plasma el resultado de la desunión, sea tan preciada para quienes no desean ser españoles, y para los violentos que de alguna manera están retratados en ese gran cartel  encargado a Pablo Picasso por el Servicio de Propaganda del Gobierno de la República Española, en plena guerra civil, para el pabellón de España en Exposición Internacional del Arte y la Técnica en la Vida Moderna, celebrado en París el año 1937. Por el cuadro se pagó 150.000 francos, según hoja de contabilidad fechada el 31 de mayo de 1937, más los gastos del barracón habilitado como taller para que el artista español realizase una obra de tal envergadura.

Se trataba de un cartel que pudo denominarse “Badajoz” si lo hubiese acometido el año anterior, cuando se conocieron los fusilamientos de la Plaza de Toros de esta capital extremeña, o “Paracuello del Jarama si el pintor malagueño hubiese ahondado en esa tragedia, desde la otra parte. Pero cuando se afanaba en el encargo del Servicio de Propaganda republicano, Picasso leyó en la prensa los efectos del bombardeo de Guernica por aviones de la alemana Legión Cóndor al servicio del banco Nacional. Y esa barbarie proporcionó su nombre.

Sólo nombre. Porque Picasso, utilizando referencias de su iconografía, trazó una escena apocalíptica: caballos y relinchos, toros y furia, en una alegoría que iba mucho más lejos de la guerra incivil del 36 al 39, porque las imágenes describen una constante en la Nación Española desde que liberales y conservadores, izquierda o derecha, nacionales y nacionalistas -demasiados bobos manejados por los vivos que buscan poder y fortuna- se enfrentan y se machacan. Esa realidad la percibió pronto Francisco de Goya y nos la transmitió en obras como “A garrotazos”.

El “Guernica” no es un cuadro vasco, andaluz, catalán o madrileño. Es un incisivo retrato de España en la Edad Contemporánea, algo así como ‘el cuadro clínico de nuestra propensión trágica’. Según escribió Manuel Llanos Gorostiza, los políticos vascos de la época querían que el cuadro de Picasso fuese sustituido en la Exposición de París por obras de Arteta, al considerar que estarían mejor representados. Ahora piden una y otra vez el “Guernica” como si formase parte de su exclusivo patrimonio. Es como si Bélgica exigiese la entrega del cuadro “La Rendición de Breda”, de Velázquez; o Argelia quisiera llevarse “Las mujeres de Argel en su aposento”, de Eugéne Delacroix.

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