El empleo de tierras, arenas y aglutinantes junto con los pigmentos como mezcla adecuada a la creación de relieves y texturas diversas, ricas en efectos táctiles y visuales, fue un modo de entender la pintura del llamado Art Brut. Desde que Jean Dubuffett extendió esa nueva idea de hacer arte dejando hablar a la materia, modelando formas esenciales con las manos, haciendo uso no sólo del pincel sino también de los dedos para perforar, herir, arañar o dejar su huella impresa sobre el barro, el concepto de cuadro como realidad informal e inacabada al tiempo que sólida y casi tridimensional, cuajó hondo en algunos artistas dispuestos a cambiar los modelos de actuación plástica para abrir nuevas vías a la creación.
Hoy, bastantes décadas después de aquellos hallazgos y ensayos primeros, continúa habiendo pintores que prefieren sugerir mediante la evocación antes que describir la realidad. Uno de ellos es Juan R. Sánchez, para quien la obra de arte conforma universos abiertos a la imaginación, siempre que esta nazca de la propia convicción expresada según un determinado lenguaje. El secreto de estos cuadros, cuyo cariz de pequeña porción de paisaje, es símbolo universal de cuantas emociones se quiera, radica en la libertad asombrosa con la que el artista trata a la obra. Un diálogo premonitoriamente abstracto, pero con arraigo en la realidad, que huye de todo convencionalismo o dogma del signo que fuere.
El trabajo de Juan R. Sánchez se halla cercano en muchos casos a los postulados expresionistas, en cuanto a la elección del color aplicado a través del gesto como camino hacia la plasmación directa del yo más íntimo. Sin embargo, prefiere lo meditativo frente a lo impulsivo, la conexión con el mundo, con la vida y sus símbolos objetuales frente a la alevosía dionisíaca del automatismo puro. La belleza de estos cuadros, agrupados en la exposición “Los Rastros de Juan”, supera el concepto tradicional de lo estéticamente bello, para adentrarse en los misteriosos intersticios del inconsciente, abundando aquí y allá significados románticos entorno lo telúrico. Algo también que enlaza con la criptografía mítica de lo sobrenatural.
Cuadros, pinturas, relieves, esculturas, configuran un a muestra sobre la que el propio artista dice haber dejado, casi de manera involuntaria, su propio rastro, su estela vital.
(Galería Begoña Malone, c/ Pelayo 50, de Madrid, hasta el 27 de julio de 2012)