Amalia García Rubí
Domingo, 23 de septiembre de 2012
Madrid

Alberto Reguera, paisajes sin límite, en la Galería Fernández Braso

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[Img #11209]Alberto Reguera se nos presenta en esta esperada exposición de los Fernández Braso más auténtico que nunca. Tan certero en su meta como poliédrico en su capacidad de transmutar visiones cromáticas ora policromas, ora monocromas, en aras de una alquimia que nadie hasta ahora ha sido capaz de descifrar del todo. Atrapado desde siempre por la fuerza inmanente del color hecho materia, luz, superficie, su enorme capacidad de reencontrarse una y otra vez consigo mismo en países y ambientes diferentes, le hace portador de registros tan cambiantes como genuinos.

Es extraño e incluso difícil de entender en cuanto al tiempo transcurrido, la magnitud identitaria de este artista con su pintura, apenas alterada en lo fundamental y sin embargo tan dinámica en su evolución. En este sentido, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que Alberto Reguera está  fielmente casado con una suerte de expresionismo abstracto un tanto sui géneris (como lo fuera también el de Rothko), por lo que posee de armonía e incluso de un subyacente anhelo de equilibrio, y del que emana todo un repertorio pictoricista lleno de alusiones al paisaje, a la naturaleza, a la vida, al cosmos…

Un expresionismo de robusta, contundente y osada iconoclasia. Reguera y sus infinitas mezclas de azur, púrpura, esmeralda, amarillo cadmio, ocres, sienas, dorados y plateados, bermellones, naranjas encendidos e incluso rosas y celestes fluorescentes, son tantos regueras como sueños es capaz de labrarse el artista. Reguera y el misticismo simbolista. La magnética luz casi sacra que desprenden algunos de sus cuadros, nos evoca sin querer aquellos fondos paisajísticos y celajes crepusculares cargados de iridiscencia que pintaran en otro tiempo leonardos, piombos y carraccis, ensimismándonos con sus transiciones lumínicas y efectos atmosféricos netos.

En esta última exposición de su actual trabajo, el pintor se muestra tranquilo,  como de costumbre, seguro de sí mismo y del enorme calado que siempre dejan sus proyectos; va y viene de Madrid a Bruselas, de Bruselas a París, de París a Hong Kong y Singapur, y otra vez a Madrid, conquistando sin prisa pero sin pausa un mercado ávido de pintores con verdadero carisma, acumulando mil y una visiones por tierra, mar y aire que casi sin querer penetran cual intrusos nocturnos en su mirar engañosamente lánguido, como indolente, pero agudo y escrutador hasta el fondo. Tan pronto lo hallamos en la modernidad más descarada e incluso burlona como lo vemos adentrarse en las brumas románticas de su particular espiritualismo trágico, más allá del espacio dado, saltando al vacío para rozar ese abismo que nace y muere en una incesante cadena de instantes creativos.

Reguera, con su especial modo de vivir en y desde la pintura, por fin retorna a Ítaca, después de cuatro largos años de ausencia, y lo hace, no podía ser de otra manera, con la fuerza interior de un gigante silencioso.

(Galería Fernández Braso, c/ Villanueva 30, de Madrid, hasta el 10 de noviembre de 2012)

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