Amalia García Rubí
Sábado, 24 de noviembre de 2012
Madrid

José Hernández, el ser sin subterfugio, en la Galería Leandro Navarro

[Img #11891]La admiración compartida que sentimos muchos hacia José Hernández no es sólo una razón derivada de su indiscutible maestría como gran pintor y grabador contemporáneo. Hay además elementos culturalmente humanos que le honran, un acervo de cualidades invisibles que se aglutinan entorno a su persona elevándola a eso que Goethe llamaba “la apariencia verdadera” cuando se refería a la viva y múltiple realidad de la Naturaleza. Así también la materia de José Hernández crece de dentro afuera y de fuera adentro y se renueva gracias al alma que la habita siempre dispuesta a desentrañar dolor y dulzura con igual franqueza. “Porque no hay tiempo ni poder que despedace la forma que crece, viva” (y vuelvo a parafrasear a Goethe) tampoco hay en la obra entera y sobre todo en estas últimas imágenes de José Hernández, un lugar para el subterfugio, como no lo hubo en Goya ni en Rimbaud.

En los escenarios descarnados, gélidos de José Hernández, nada queda a merced de la casualidad, lo que hay es y está encomendado por la fuerza de la razón fabricante infatigable de monstruos. Y porque no siempre lo monstruoso pertenece al ámbito de la ficción, lo palpable y visible de su naturaleza de pesadilla nos encamina sin piedad hacia interioridades donde todo se evidencia, se explica y razona desde la realidad misma. El valor, y no sólo me refiero al valor como artista, de José Hernández, es antes que nada sabiduría; el sueño en el que se sume su espíritu vulnerable, humano, cuando crea, es muchas veces punzante frialdad. Una paradójica entelequia consciente que su mano lleva al lienzo o a la plancha de magistral manera supra-realista. Pocas veces hallamos en un artista una necesidad tan vital de pintar, bajo esa apariencia verdadera de informidades parlantes, de despojos carnales, de máscaras que encierran otras máscaras de frágil contenido. Casi en el límite mismo de la vida, somos todo y nada al unísono.

Una vez más, la obra de José Hernández nos conmueve e incluso puede llegar a incomodarnos con su desnudez inquebrantable, porque en ella nos encontramos ausentes de protección y no tenemos más remedio que examinamos sin miramientos, desde la carcasa hasta el tuétano.

(Galería Leandro Navarro, c/ Amor de Dios 1, de Madrid, hasta el 19 de enero de 2013)

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