José Pérez-Guerra
Miércoles, 15 de mayo de 2013

Al Rosellón francés, el nacionalismo catalán le llama la ‘Cataluña Norte’

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[Img #13857]El próximo 21 de junio se inaugurará la exposición ‘París-Perpignan-Barcelone. L´Appel de la modernité (1889-1925)’ en el Musée des beaux-arts Hyacinthe Rigaud, de Perpignan `la catalana’; muestra que se ha organizado con ‘sentido imperial’ incluyendo el Rosellón francés entre los Países Catalanes, llamándole ‘Cataluña Norte; una denominación sin sentido nacida de esa obsesión nacionalista de apropiarse de todo lo que le convenga, aunque no haya ningún mapa o documento serio que lo afirme.

La actual Cataluña fue hace dos milenios, al iniciarse la Historia, Hispania Citerior y después Tarraconense; provincia Tarraconense también en tiempo visigodo, y tras la invasión musulmana, cuando el Imperio Romano y Germánico, con las bendiciones del Obispo de Roma, se instala -teóricamente- en el Occidente cristiano, Carlomagno se preocupa de extender su dominio a Hispania; primero llevando las fronteras, las marcas, más acá de los Pirineos, propiciando el nacimiento de condados; después tratando de que los poderes cristianos aceptasen entrar en su Imperio. Los pamploneses se negaron y Roncesvalles fue la respuesta; y el rey asturiano contrapuso a esa política imperial impulsada por la Iglesia -alegando su primacía en razón a su primer obispo, San Pedro-, con el prodigio de la barca de piedra en la que el cadáver del apóstol Santiago llegó al litoral gallego desde Palestina. Y el Imperio solo tuvo poder real en las Marcas Hispánicas, hasta que su debilidad le llevó a consentir que los nobles que gobernaban en su nombre los territorios pudieran transmitir por herencia las posesiones, lo que significó el nacimiento de numerosas estirpes.

Estirpes nobles que poseían la tierra y lo que en ella había. Que se emparentaban entre sí para consolidar propiedades. Reyes y condes o marqueses, suegros, primos, hermanos, cuñados… princesas que contraían el matrimonio que interesaba, que al enviudar volvían a casarse, hasta tal punto que las armas manejadas en la cama eran más efectivas que las utilizadas en los campos de batallas. Pero esta estrategia de poder nada tenía que ver con los habitantes de los territorios que sólo debía trabajar, pagar y obedecer, consintiendo hasta el derecho de pernada.

En Aragón, el casamiento de Petronila con el Conde de Barcelona posibilitó que la Corona de Aragón se extendiera hasta la mar mediterránea cuando los poderes de las Marcas Hispánicas entraron a formar parte del reino. Hasta que Fernando de Aragón e Isabel de Castilla unen sus reinos por la vía matrimonial. Hasta entonces, lo que desde el siglo XII se denominaba Cataluña, nunca fue una nación independiente. Ni lo ha sido después. En el sur de Francia quedaban vestigios de esa política de estirpes soberanas. Y uno de ellos era el Rosellón.

Mediado el siglo XVII, otoño de 1659, tras un periodo de guerra entre la Francia de Luis XIV y la España de Felipe IV, se firma la Paz de los Pirineos. Entre las cesiones que España hizo a Francia está el Rosellón. Se firmó en la isla de los Faisanes, del río Bidasoa, donde también se acordó el casamiento de la infanta Maria Teresa, hermana de Felipe IV, con el rey francés… y de este enlace matrimonial llega, pasado casi medio siglo, la Casa de Borbón a reinar en España. En la Paz de los Pirineos se cede el Rosellón; no la Cataluña Norte, porque no existía. Por mucho que se empeñe la propaganda de los llamados Países Catalanes...

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