Amalia García Rubí
Domingo, 25 de septiembre de 2016
Madrid. Hasta el 22 de octubre

Simon Edmondson, serie Chaise-Longue en la Galería Álvaro Alcázar

[Img #25363]El título de esta exposición, “Chaise Longue”, del pintor británico Simon Edmondson podría hacernos recordar los interiores rococó pintados por Francois Boucher, los ambientes de distinción burguesa de Nittis o los elegantes salones del XIX regentados por Mme. Charpentier, a cuya familia retrató Renoir. El diván o chaise longue lo asociamos con el glamour que la sociedad ociosa del XVIII y XIX asignó a este sofá alargado tapizado normalmente de fino raso o terciopelo, cuya ubicuidad iba destinada a las muy nobles posaderas de una dama adinerada y, en el mejor de los casos, a un “partenaire” de encuentros galantes, mezcla de erotismo y recargamiento festivo. Tras dar una vuelta de tuerca más a la maja de Goya, Manet lo empleó para pintar el desnudo de una prostituta y escandalizar así a sus congéneres, destapando de paso  la falsa moral del voyeur. En cualquier caso, la chaise longue ha estado tradicionalmente relacionada con el arte, y dentro de éste, con el mundo representativo de lo femenino, entendido a menudo como objeto de deseo.

 

En los cuadros de Edmondson ha desaparecido la modelo, dejando tan sólo el soporte, el sofá sobre el cual podemos sentar o reclinar a quien se nos antoje, siempre que nuestra imaginación se preste a ello. Edmondson es un pintor extraordinariamente  sagaz, quizá esto explique el giro hacia el significado ambivalente del sujeto complementario, pergeñado de ilusiones fantasmales en su propia realidad invisible; quizá también en esa agudeza interpretativa de lo no dado, el perfume del cuerpo ausente y su imposible ocupación figurativa, nos cause una extraña sensación de curiosidad; un ofrecimiento directo, atractivo y placentero que, si bien nos reconforta de entrada, no tardará después en provocarnos cierta incomodidad hacia lo ignorado o ambiguo.

 

En esta serie última de Edmonson, el artista recurre a otros espacios ya antes tratados y lo hace, como suele ser habitual en él, de una manera muy inusitada. Las estancias aristocráticas, los grandes interiores de catedrales, e incluso el mundo de los navíos o buques de guerra, suelen poblar de elementos decorativos, arquitectónicos y maquinistas las escenografías literarias de este singular narrador. La construcción perspectiva de sus “interiores”/”paisajes” mantiene la grandiosidad de un falso romanticismo, reduciendo los elementos distintivos de lo real evocado, para situar irónicamente al espectador en el recuerdo inconexo de cierta secuencia cinematográfica o en un lugar ensoñado. El color disuelve las formas en espectrales visiones de luces y sombras, y tapiza las atmósferas densas con aterciopelados toques de pincel. La magia y con ella el temor a lo inesperado, se interrumpe de golpe;  como en un despertar repentino, nos devuelve a la realidad de la pintura, a la mancha de la brocha, al color aplicado con austeridad abstracta sobre una superficie plana concebida para extender pigmentos. La genialidad de Edmondson y sus amplios formatos monumentalizan el objeto, lo recrean con regusto en el dibujo para configurar volúmenes y siluetas hechas de manchas cromáticas. Luego es abandonado a su suerte en la lúgubre pero nutricia opacidad del pigmento. Quizá así su espejismo pueda renacer de nuevo bajo el manto húmedo de la materia pictórica.  

 

Galería Álvaro Alcázar, c/ Castelló 41 de Madrid. Hasta el 22 de octubre.[Img #25364]

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