José Pérez-Guerra
Sábado, 3 de diciembre de 2016

Una Constitución para vertebrar, nunca para descoyuntar a España

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[Img #25924]El 6 de diciembre de 1978, de los 26.632.180 ciudadanos españoles con derecho a voto, 17.873.301 participaron en el Referéndum a los que fue sometido el texto de la actual Constitución, de los que 15.706.078 lo hicieron a favor y solo 1.400.505 en contra; los votos en blanco sumaron 632.902, y hubo 133.786 papeletas nulas, lo que significa que la Carta Magna vigente representa la voluntad muy mayoritaria de los ciudadanos.

 

Constitución que en su artículo 2 dice: ‘La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas’.

 

Al cabo de 38 años es normal que el texto aprobado en aquel referéndum necesite enmiendas; y el divisionismo político actual lo sitúe como el principal objetivo, cuando una revisión debe hacerse desde la razón y nunca desde ‘la lucha por el poder, porque este parece ser el principal motivo.

 

España es el resultado de una historia milenaria que se articula en tiempo del Imperio Romano con Hispania como realidad política, la Hispania que resiste y se mantiene en la etapa visigoda, la conquistada por los musulmanes y rescatada tras siglos de lucha por un conglomerado de reinos y ducados que fueron tejiendo una fusión de estirpes nobiliarias hasta llegar a constituir el Reino de España, una nación que liberada de invasores se constituye, junto con Portugal, en la gran Potencia de los Descubrimientos, hegemónica en Europa. La Hispania que conjunta la ‘n’ y la ‘i’ en ‘ñ’, Hispania-España. Y así siglos tras siglos.

 

Pero el divisionismo es rentable para ciertas castas. El Imperio Romano se derrumba cuando el territorio se lo dividían hasta cinco emperadores; y el Reino Godo, con capital en Toledo, se cuartea ante el poder de los nobles que elegían a los reyes, y debilitado no pudo resistir la invasión musulmana; el Califato de Córdoba se desmorona con la división taifa. Y los poderes hispanos tardan en reconquistar la Península porque sus intereses estaban en mantener sus reinos y condados, porque eran sus propiedades… mientras la población solo estaba para servir, eso era la plebe.

 

Y esos mismos intereses son mantenidos por los partidos políticos que creen en el ‘divide y vencerás’, porque entienden que parcelando se saca mejor tajada, mientras los ciudadanos, parte de ellos adoctrinados (plebe actual), aplauden a los que predican la necesidad de una reforma constitucional, no para mejorar la vida de todos los españoles, sino para hacer carrera y crear estirpe. Porque el gran problema de España están en su Parcelación no solo territorial sino también de las personas, divididas por motivos de creencias y posición ante la vida; la amenaza islamista; el paro… y algo que la clase (o casta) política no quiere entender: que el peso de las administraciones públicas –Gobierno central y los autonómicos, diputaciones y ayuntamientos, con sus organismos multiplicados y empresas de colocación- es insoportable; y no se puede nivelar las cuentas utilizando la fuente de los impuestos, sino equilibrando ingresos/gastos para que esta gran empresa que es España no suspenda pagos y se vaya a la quiebra. Y eso no se arregla con la ‘perra’ federal que el PSOE lleva en sus venas, porque representaría descoyuntar a España. ¿Es lo que pretenden con una nueva Constitución?, ¿quieren una España de los forasteros?.

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