Amalia García Rubí
Viernes, 3 de noviembre de 2017
En la Galería Fernández Braso

José Manuel Broto, otros universos

[Img #28119]La exposición  Broto, Otros Universos, recientemente inaugurada en Fernández Braso, es ante todo, una declaración integral sobre la pintura. No cabría esperar otra cosa, por otro lado, de un artista convencido de la gran expresión mediante los mínimos elementos que posibilita el color. Un pintor como es y lo será siempre José Manuel Broto (Zaragoza 1949). Aquí están presentes sus ondas concéntricas, sus almendras místicas desprovistas de ser aureolado, sus filamentos ondulantes como algas marinas, sus círculos blandos y flotantes; aquí también hallamos los insuperablemente trabajados fondos de colores intensos, rallados con  magistral sutileza por el pincel, de una profundidad vibrante, acuosa, movediza, a pesar de la aparente frialdad geométrica que rige su orden interno. Enseguida adivinamos a Broto en la posición antinaturalista de las tonalidades cálidas y frías, amortiguadas o ácidas, verde limón, naranja bermellón, amarillo cadmio, azul, gris… que “decoran” ya sea en gradaciones cromáticas ya en campos acotados de pintura plana, formas reducidas, nítidamente dibujadas en un contundente hard-edge. A Matisse se le aparecían los fondos oceánicos que buceó de joven en Indonesia, cuando anciano, postrado en su silla de ruedas, se entregó al placer de recortar figuras cuasi abstractas evocadoras de aquel universo abismal que dieron lo mejor del maestro durante su madurez en las bellas series de papeles recortados. Quizá haya también en estos espacios de Broto un mundo submarino,  tan rico e ignoto para el hombre como lo es el macrocosmos del Universo. Y por eso mismo, un mundo que se nos ofrece íntegramente al ensueño, al vuelo.

 

Broto no va a la zaga sino en cabecera, a la vanguardia de lo que en su día fue una reivindicación consciente de la pintura como lenguaje vivo y atemporal y luego se ha ido transformando en mutaciones estimulantes de su propio camino creativo en pleno campo mallorquín, donde aún sobrevive el algarrobo y el almendro. Allí, entre frescos muros de marés, medita y pinta, pinta y medita, para conseguir rescatar del olvido sensaciones universales más allá de coyunturas sociales que hoy como ayer, se empeñan obstinadamente en enterrar la nutritiva materia pictórica con sus lecturas sesudas y con sus intrincados conceptualismos de “élite”. Quizá esté en prodigiosas manos inteligentes como las de Broto, la misión de hacer revivir la utopía dentro de tanto “malditismo” asfixiante en el arte, término empleado de manera muy oportuna por Carlos Jover en el catálogo. Tena, Grau, Teixidor… y por supuesto, Broto, aquellos jóvenes estudiantes de Bellas Artes que se conocieron en la bullente Barcelona de los setenta y formaron Trama, acuden una y otra vez a la emoción unívoca del color-forma, del soporte-superficie lleno de nada y de todo al mismo tiempo. En esta su última gran individual madrileña, José Manuel Broto transmite ese sentimiento que no es la sensación retiniana instantánea e insípida, tan odiada por Duchamp, sino el intenso disfrute de la contemplación sin palabras.

 

José Manuel Broto, Otros Universos, Galería Fernández Braso, c/ Villanueva 30, de Madrid. Noviembre-diciembre 2017.[Img #28120]

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