José Pérez-Guerra
Sábado, 4 de noviembre de 2017

Los nacionalismos tratan de imponer feudos a sus medidas

[Img #28124]Como protagonistas del ‘gran teatro de la vida’, la Generalitat de Cataluña en manos de nacionalistas y antisistemas, ha recorrido el telón interpretando una función de corte sainetesca pero que puede llegar a ser dramática, porque desandando muchos siglos de historia, se propone encantar a la plebe para imponer sus feudos argumentando sobre ‘derechos’ que llegan nada menos que de la Edad Media: los ‘países catalanes’ que, al igual que Cataluña, formaban parte de la Corona de Aragón, lo que significa que tierras en manos de estirpes nobiliarias pasen al control de la clase más privilegiada de nuestro tiempo: la de los políticos, con la plebe de ahora pagando impuestos para mantener este nuevo orden enraizado en el Medievo, cuando reyes y condes eran propietario de sus territorios y de lo que en ellos había, con derecho hasta  de ‘pernada’.

 

Población que debe pagar impuestos –directos e indirectos- por todo, no para cubrir las necesidades generales, sino para mantener a los políticos y sus partidos, cada uno de ellos con muchos ‘cortesanos’ a disposición. Y como botón de muestra, la Generalitat de Cataluña con docena de millares de funcionarios colocados a dedo –enchufados-, instituciones privadas como ANC y Omnium sostenidas con subvenciones y convertidas en instrumentos de propaganda y agitación cuando se necesita, y otras en Valencia y Baleares que son factores de ‘catalanización’ porque el objetivo de los independentistas es lograr una federación de Países Catalanes, de una Cataluña Imperial de corte republicana. Con razón la historiadora Elvira Roca Barea opina que ‘lo que sucede en Cataluña es un fenómeno feudal: una rebelión de oligarcas’.

 

Oligarcas que se disfrazan de populista o comunistas cuando en vez de buscar la igualdad generalizada se afanan en favorecer a la Clase Política que se cree  la superior, a la que hay que obedecer en toda circunstancia. Todo un retroceso en el camino de la Historia. Tal vez por eso Mario Vargas Llosa diga que el ‘nacionalismo es una incultura’, y las pruebas nos remitimos.

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