José Pérez-Guerra
Domingo, 10 de marzo de 2013
Sumando imposturas

El nacionalismo vasco acuerda ‘normalizar’ los apellidos al euskera

[Img #13108]La Euskaltzaindia (Academia de la Lengua Vasca) y las diócesis del País Vasco, han acordado ahondar en la normalización de la grafía de los nombres y apellidos extendiendo esa estandarización a los registros parroquiales. En un comunicado conjunto se informa que ‘A lo largo de los siglos, además de la propia evolución de los apellidos, se ha utilizado la grafía castellana para anotarlos y, en consecuencia, muchas denominaciones euskéricas iniciales han variado. Hoy en día, el hecho de que la denominación de los apellidos no esté normalizada trae muchos inconvenientes de identificación, registro y seguimiento, tanto para las personas como para cualquier administración’

Así, los muchos García que habitan en territorios de la comunidad autónoma vasca, pasarán a ser Gartzia. La normalización no solo alcanza a nombres y apellidos sino también a las calles (kaleas) y ciudades: la histórica Fuenterrabía pasó a llamarse Hondarribia. Y a capitales como Vitoria se le coloca un agregado sin sentido alguno, al igual que en Navarra se hace con Pamplona, fundada por el romano Pompeyo, con el añadido de Iruña, que tampoco aparece en las fuentes de la historia, desde Strabón a Mela y Plinio el Viejo, que mencionan centenares de lugares geográficos del norte peninsular.

En primer lugar los académicos de la Euskaltzaindia debieran saber que de unas lenguas vascas sólo habladas (no escritas) por un pueblo primitivo que habitaba en los Pirineos, desde parte de la actual Guipúzcoa a Lérida, donde convivían con sus vecinos ilergenses, no se puede establecer grafía alguna. Por eso se utilizó desde el principio el alfabeto latino que fue sustituido en el Medievo por la romancera o vulgares, el Román Paladino convertido en crisálida de idiomas: leonés, castellano, gallego, aragonés, gallego, valenciano, mallorquín…

Las lenguas vascas, aisladas en sus montañas, mantuvieron sus palabras interrelacionándose con las habladas por los antiguos vacceos, población prerromana en casi todo el territorio al que ahora, en la Edad Contemporánea, le llaman Euskadi, palabra sin fundamento histórico. Y de ahí viene la academia a ‘normalizar’ lo que nunca, por desconocido, fue normal. Con una Iglesia que dice ser universal pero que en realidad es muy de corto alcance, y que parece estar en las profecías del presbítero Pablo Pedro Astarloa que en su obra ‘Apología de la Lengua Bascongada ó ensayo crítico filosófico de su perfección y antigüedad sobre todas las que se conocen’, editada en Madrid el año 1803 (una joya de mi biblioteca) ‘corrobora’ que el idioma bascongado (todavía no se había inventado eso de Euskera) es la ‘única lengua digna de ser comunicada por Dios al primer hombre’. Lo raro es que tardaran tanto en conocer la religión cristiana, fue en el primer milenio de nuestra Era.

Las lenguas vascas, diferentes unas de otras en muchas expresiones, recibieron hace dos milenios la influencia de decenas de millares de soldados mercenarios del derrotado ejército cartaginés, efectivos originarios de Armenia. Se refugiaron en las comarcas de los Pirineos para estar alejados del poder romano, y cerca de sus compañeros de batalla, los ilergenses que desde el principio lucharon -como mercenarios- en las filas cartagineses. Y la siembra de K originó una cosecha que ahora se recoge como una bendición: Academia/Akademia; Tabacalera/Tabakalera; Fundación/Fundazioa… Letra griega, de Oriente, ajena al latín. Pero si el vasco -o el moderno euskera- nunca se escribió, ¿cómo se ‘normaliza’ su grafía?. Sigo pensando como Vargas Llosa: que el nacionalismo es una incultura. Aunque tengan academias como la Euskaltzaindía, y clero cuya visión no llegue mucho más allá de los que se divisa desde sus campanarios.

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